Toc y Covid-19

Miedo

 

El Covid-19 está impactando con fuerza en nuestras vidas. Cambian nuestras rutinas y nuestras herramientas de regulación emocional, aparecen nuevos problemas o se deterioran aquellos que ya existían. Los problemas psicológicos no entienden de estamentos o grupos sociales, y la misma situación será experimentada de manera diferente por cada persona, de acuerdo a sus circunstancias, recursos y competencias.

Para una persona con Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC), o incluso simplemente con un rasgo obsesivo exacerbado, la situación actual constituye un desafío mayor.

El TOC se caracteriza por la presencia de pensamientos intrusivos, recurrentes y persistentes que producen ansiedad, que es contrarrestada con conductas repetitivas denominadas compulsiones o rituales. Se estima que el TOC afecta a más del 2% de la población y de acuerdo a la OMS es uno de los cinco trastornos psiquiátricos más frecuentes.

El pensamiento obsesivo presenta diferentes contenidos y las compulsiones también varían. Los tipos de TOC más conocidos son los referentes a la limpieza o el orden, aunque son más comunes los asentados sobre rituales de comprobación y de repetición. Menos conocidos son el TOC con ritualización cognitiva, cuando se evocan pensamientos o secuencias numerales de manera reiterada, o el de acumulación. cuando se coleccionan objetos de manera incontrolada.

Con certeza, las personas con TOC más afectadas son aquellas cuyo núcleo obsesivo se relaciona con el contagio, los gérmenes y la higiene. El acceso continuo a información potencia el pensamiento intrusivo, la sensación de suciedad y percepción de peligro de contagio. Las situaciones que normalmente detonan el ritual de lavado de manos e higiene se multiplican, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida de la persona que lo padece.

“Estos síntomas ansiosos pueden ser confundidos con los propios del coronavirus y retroalimentar el miedo que subyace al propio estrés.”

El confinamiento puede ser un balón de oxígeno. No obstante el contacto con el exterior constituye un desafío mayúsculo. Los focos de contaminación, reales o imaginados, como barandillas, pomos, baños, etc. se multiplican y provocan pavor. Si el contacto o proximidad física con otros antes producía pudor, en el contexto de la pandemia genera angustia. Resulta paradójico que aquellos que han pasado media vida intentando ignorar sus impulsos de limpieza ahora son jaleados por miles de mensajes que le urgen al lavado y desinfección de manos y objetos.

La persona con TOC acostumbra a sobrellevar el cambio y la incertidumbre con dificultades añadidas. Especialmente en el tipo repetitivo y el de orden y simetría. En estos casos, control y rigidez cognitiva componen rasgos nucleares y el bienestar del paciente se sustenta en su estabilidad y el cumplimiento de una serie de reglas y rutinas autoimpuestas. La pandemia está hurtando nuestra estructura cotidiana. La experiencia del confinamiento implica un gran cambio que nos hace confrontar una convivencia continuada o nuestra propia soledad. Para las personas con TOC, la adaptación a la nueva cotidianidad requiere un esfuerzo adicional. Si además añadimos la incertidumbre que genera la pandemia y su impacto social y económico, estamos hablando de un verdadero martirio.

En el TOC de repetición la ansiedad será compensada con la ejecución de secuencias generadas por el propio paciente, como encender y apagar un interruptor, o golpear una parte del cuerpo o un objeto un determinado número de veces. En el caso del TOC de comprobación los rituales refieren verificar puertas, ventanas, teléfono, etc. Sin embargo, pueden ser más enrevesados, como necesitar comprobar las propias constantes vitales o que una persona querida se encuentra bien. Estos días la persona con este subtipo tiende a observar la calle reiteradamente, esperando que no haya cambios, precisan contacto constante con sus allegados o siguen cada boletín informativo temiendo aumento en el número de muertos o contagiados. El acceso a información tiende a ser continuo con el objetivo de reducir la ansiedad que genera la incertidumbre del nuevo contexto.

También es posible que el estado de alerta continuado recaiga sobre la propia salud con diferentes manifestaciones ansiosas. Ya sea dolor de cabeza, dificultades para respirar, tensión muscular o sequedad en boca. Estos síntomas ansiosos pueden ser confundidos con los propios del coronavirus y retroalimentar el miedo que subyace al propio estrés. Una pescadilla que se muerde la cola que puede llevar a la persona con TOC la comprobación compulsiva de temperatura o respiración.

¿Qué puedo hacer si padezco TOC?

  • Accede a la información con moderación y solo a través de fuentes fidedignas.

    Estos días debemos evitar observar compulsivamente la calle desierta o cebarse de información, ya sea en radio, televisión y prensa, o a través del goteo constante de Whatsapp, Twitter o Facebook. Establece momentos del día para leer, escuchar o ver boletines y limita dispositivos electrónicos para acceder a información; es un buen momento para que el teléfono sólo sirva para comunicarnos con amigos y familiares.

  • Expresa tu preocupación, pero sin pasarte.

    Algo común a los diferentes tipos de TOC estos días es la tendencia a la anticipación continuada de escenarios negativos. Se rumia un futuro catastrófico de pérdida y destrucción que genera angustia y desesperanza. Reflexionar y expresar es importante, pero no olvidemos que no estamos encargados de la investigación de la vacuna ni de la implementación de políticas públicas de ayuda. Debemos intentar que la pandemia no monopolice nuestros pensamientos y dejar espacio para aquello que vertebraba nuestras vidas hasta su inicio.

  • Intenta no ceder ante preocupaciones irracionales.

    Estamos en el caldo de cultivo perfecto para que emerjan todo tipo de creencias absurdas sobre la pandemia y su impacto. Intenta observar, aceptar y distanciarte de pensamientos intrusivos e impulsos irracionales. Por ejemplo, es un momento para seguir las recomendaciones de fuentes oficiales y no sucumbir al impulso de introducir nuevas normas de higiene o reclusión.

  • Consiéntete más de lo habitual. Es posible que vuelvan viejos rituales o que aparezcan nuevos.

    No es el momento de la autoexigencia exacerbada. Establece momentos, por ejemplo uno por la mañana y otro por la tarde, para la comprobación, el orden o la limpieza. Debemos procurar una contención moderada y no castigarnos si caemos en manías ya superadas.

  • Acepta la incertidumbre.

    Debemos ser conscientes de que la incertidumbre lo está inundando todo y los aspectos ajenos a nuestro control se multiplican. Es importante permanecer en el momento presente y adaptarnos a la nueva cotidianidad. Todo esto pasará, y la espera será más llevadera si no nos ponemos fecha.

  • Fuente:https: //mepsicologo.com/blog/toc-coronavirus/

El poder de los falsos recuerdos

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Los recuerdos que se van grabando en nuestra mente no siempre son verdaderos.¿Cómo es eso? Porque puedes estar guardando imágenes que viste en una fotografía o en una película, lo que te han relatado de algo que sucedió y hasta lo que te imaginaste de una historia o episodio.

La mente no sólo nos hace evocar aquello que hemos vivido, sino también lo que pensamos que hemos experimentado.

Cuando una persona almacena cualquier tipo de recuerdo, el mismo está afectado por emociones, que pueden ser positivas o negativas, y por pensamientos.

Es por esta razón que ante la misma situación dos personas pueden recordar cosas diferentes, según sus puntos de vista, lo que sintieron y lo que pensaron en ese momento.

Puedes hacer la prueba y preguntarle a tus padres cómo fue el día de su boda, por ejemplo, y te darás cuenta de que si bien hay recuerdos en común, también existen otros que no tienen nada que ver entre si, como si se hubieran casado en otro lugar o momento.

Cuando ocurre un suceso determinado, el cerebro recibe mucha información, la cuál proviene de los cinco sentidos: oído, gusto, olfato, tacto y vista.

Los datos que llegan a la mente no son completos, porque se produce lo que llamamos un “primer filtro”, es decir que se separa la información que puede ser almacenada y la que no. Pero, ¿en qué se basa el cerebro para hacer esta diferenciación? En lo que considera que es imprescindible y puede ser usado para el futuro y lo que es desechable o no tendrá utilidad más adelante. ¿Resulta subjetivo verdad? Por supuesto que sí.

Entonces, una vez pasada esa primera barrera, la información se guarda de manera incompleta, como un rompecabezas al que le faltan piezas. Pero, como el cerebro es muy detallista, coloca partes de otros recuerdos para terminar de armar el cuadro o rellena los espacios vacíos con información inventada. Lo que trae como consecuencia una imagen algo distorsionada, con piezas que no encajan del todo.

Además, en función a una serie de condiciones como pueden ser las emociones, un mismo acontecimiento puede ser recordado de una u otra manera. Volviendo al ejemplo de la boda de tus padres, no será igual la historia si están juntos, si se han divorciado o si uno de ellos ha fallecido. Todo depende de qué emoción nos gobierne al momento de rellenar los huecos o piezas que faltan en el puzzle mental de los recuerdos.

Así, ante la misma situación se pueden experimentar diversas vivencias, como se dice popularmente “según el cristal con el que se mire”. Cada vez que pensemos en ese recuerdo, puede que lo contemos o imaginemos diferente, porque habrá otros elementos internos y externos en juego.

Los recuerdos falsos

En el ámbito de la psicología pericial existe un problema muy importante en relación a los recuerdos y las declaraciones de los testigos. Algunas personas que dijeron una cosa en un juicio lo hicieron porque estaban bajo presión o porque el shock que les causó estar presentes en algo desagradable, les bloqueó la capacidad de discernir entre lo cierto y lo falso.

Una de las medidas que se llevan a cabo para evitar cambios en las declaraciones, es hacer que el testigo vaya al lugar de los hechos o entrevistarlo de manera personal y no frente a todos en el tribunal.

Pero, ¿es posible implantar recuerdos falsos? Existen diversos experimentos que indican que esto es posible. Se ha estudiado hasta qué punto nuestra memoria es vulnerable a los sentimientos, emociones y “sugerencias externas” para modificar los recuerdos.

La “técnica del centro comercial”, una investigación llevada a cabo en los años 90, por ejemplo, citó a varias personas para que leyeran recuerdos sobre su infancia, según los relatos que habían preparado familiares cercanos. Pero una de estas narraciones era falsa: indicaba que a la edad de 5 años, la persona se había perdido en el centro comercial.

Cuando se les solicitó a los participantes que contaran con sus palabras esos hechos e intentaran recordar las situaciones, el 25% indicó que podía acordarse de lo ocurrido en el centro comercial y hasta dar detalles sobre ese día.

En este experimento se conjugan varias cuestiones como el hecho de creer en los parientes o considerar que es imposible acordarse lo que se hizo a los 5 años. Pero, también es verdad que el cerebro tuvo la capacidad para rellenar los huecos que faltaban en el recuerdo con sentimientos que se podrían llegar a sentir al perderse en un centro comercial.

No hay dudas de que nuestro cerebro es realmente fascinante y tiene muchas capacidades. Hasta es posible recordar cosas que nunca sucedieron a través de su incansable trabajo.

 visto en http://lamenteesmaravillosa.com/el-poder-de-los-falsos-recuerdos/

CURSO SOBRE DEPRESIÓN

 

CURSO SOBRE DEPRESIÓN

Director Hugo Marietan

marietanweb@gmail.com

Los signos y síntomas (tecera parte)

 

Afectaciones (3º)*

 

 

Perturbaciones de la reacción afectiva

 

Para tipificar las perturbaciones de las reacciones afectivas, ya en el terreno de la descripción de la Psiquiatría clásica, seguimos básicamente a Vallejo Nágera,(1) quien distingue las perturbaciones relacionadas de la manera que describimos a continuación.

 

Irritabilidad

Es la desproporción entre el estímulo y la reacción; es una explosión brusca de los afectos. Se caracteriza por la propensión a los accesos de cólera originados por la ocasión más insignificante, alcanzando grados peligrosos en los epilépticos. Se observa en histéricos, depresivos, psicópatas, etcétera.

 

«No tolero los ruidos, la presencia de mucha gente. El jugar de mis nietos, que los adoro, me crispa. Reacciono mal y los echo; después me da mucha culpa, pero no los puedo aguantar«. Cuadro: depresión bipolar.

 

Disminución de la expresión afectiva

Una emoción intensa, una desgracia súbita e inesperada, sumen a muchas personas en un estado de shock o estupor afectivo, dando, en ocasiones, la apariencia de tranquilidad. Los grandes cataclismos, terremotos, bombardeos, producen en ciertas personas indiferencia afectiva, apatía y estupor.

 

«Cuando me dijeron que murió mamá, no lloré. Tampoco sentí pena. Me hice cargo de los trámites del funeral y el entierro. No sentía nada. Un mes después, cuando casualmente escuché por la radio una canción que últimamente ella tarareaba, comencé a llorar».

 

Indiferencia afectiva

Es una falta de reacción afectiva a las percepciones y vivencias. La inhibición afectiva subjetiva es un estado patológico donde el enfermo se siente imposibilitado de experimentar alegría o dolor, de sentir cariño hacia sus familiares: le parece sentirse vacío, como si estuviese muerto. En el estupor afectivo el trastorno es mucho más profundo: no se reacciona a ningún estímulo afectivo. Para Battegay y otros,(3) «un aspecto diferente ofrecen los trastornos afectivos en las psicosis esquizofrénicas; en efecto, siendo en ellas más fuertes las alteraciones del pensamiento y las formaciones delirantes, los trastornos afectivos son más duraderos y, en consecuencia, suponen más bien un vacío, una pérdida de dinamismo y una nivelación del área emocional. La disonancia que con frecuencia se advierte entre los contenidos del pensamiento y los afectos concomitantes se designa como paratimia. También los estados de agitación extrema (explosión afectiva) son más propios del campo de estas psicosis, así como los estados de estupor, catatónicos o autistas, frecuentes en ellas, reflejan siempre también alteraciones de la afectividad».

 

«Doctor le vengo a.. a avisar que el en baño (se ríe), que en el baño (se ríe) hay una chica… una chica…con la cabeza partida (se ríe), está toda rota». Alucinación y paratimia. (Hebefrenia.)

 

«Me parece que soy un monstruo, pero no siento nada de cariño hacia mis hijas, las miro y nada, como si fueran extrañas. Yo siempre fui muy cariñosa con ellas, pero ahora no puedo, no me nace nada». Inhibición afectiva. (Depresión mayor.)

 

Con tono monocorde y sin afectación: «Estábamos en el campo limpiando de yuyos el sembrado con mi primo, en eso vino mi padre y dijo no sé qué cosa. Yo agarré la pala y le corté el cuello. Sangraba mucho. Mi primo gritaba, pero igual mi padre murió». Indiferencia afectiva. (Esquizofrenia).

 

Apatía

Consiste en la falta de interés generalizada, caracterizada por una deficiencia tímico-dinámica. Por ejemplo personas insensibles, apáticas, flemáticas, esquizofrénicos, etcétera.

 

“Tengo 35 años, trabajo hace 10 años de administrativo, estoy casado, dos hijos. Todo eso está bien. No hay mayores problemas. Sin embargo desde hace más o menos un año, no tengo interés por nada. Lo que hago lo realizo automáticamente. A veces quiero entusiasmarme con algún hobbie, guitarra por ejemplo, pero las ganas me duran un mes o un par de semanas y dejo; al tiempo empiezo otra cosa y es lo mismo. No es que me falte voluntad, no tengo ganas”

 

Recordamos que es importante diferenciar la apatía (falta de interés, de apego afectivo a una iniciativa: ‘poder, pero no querer’) de la hipobulia (deficiencia en la voluntad, en ejecutar una iniciativa, ‘querer pero no poder’). Por ejemplo en la Esquizofrenia es frecuente la apatía. El esquizofrénico no realiza acciones pragmáticas no por falta de voluntad (es decir, no le falta capacidad de ejecución) sino por falta de interés. Si el terapeuta persuade lo suficiente, muchos esquizofrénicos, ejecutan tareas diseñadas por otros. En los depresivos es frecuente la hipobulia, quieren hacer pero no pueden:

“Se que debo arreglar mi casa, limpiar las cosas, preparar la comida, algo un gran esfuerzo mental para empujarme a hacerlas, pero no puedo, y me quedo tirada en la cama. Eso me da mucha culpa, me hace sentir una inútil”

 

A veces está afectada la memora de las habilidades, la que nos permite hacer las cosas ejecutando una rutina de acciones preprogramadas:

 

Las cosas que antes hacía automáticamente, planchar por ejemplo, ahora debo pensar cada paso, como si estuviera aprendiendo por primera vez”

 

Tenacidad afectiva

Es una persistencia anormal de los afectos. Odios y rencores convierten a las personas en perpetuos malhumorados, pesimistas incorregibles. Tal tenacidad o adherencia afectiva es muy propia de los epilépticos, cuyo estado distímico habitual apenas se modifica con los acontecimientos exteriores que puedan originar reacciones afectivas.

 

«Hace 20 años que no le hablo a mi hermano, ni me interesa hacerlo. Esto empezó por el tema de la sucesión de la casa de mi padre, pero qué fue lo que pasó, bien no me acuerdo. Dos o tres veces me crucé con él, pero hice como que no lo vi».

 

Labilidad afectiva

Consiste en bruscos e inmotivados cambios del humor unidos a una inusitada intensidad de la reacción afectiva y escasa persistencia. La observamos en los niños y los muy ancianos, en las psicosis orgánicas, en los oligofrénicos, epilépticos, psicópatas, etcétera.

 

«Mi padre se ríe a carcajadas y al rato llora. Cualquier pavada que ve ya lo hace lagrimear. A veces arma unos escándalos bárbaros si no hay medialunas con el desayuno, otros días no dice nada». (Demencia Senil).

 

Incontinencia emotiva

Es la fácil productividad de reacciones afectivas asociada con la incapacidad para inhibirlas. La encontramos en oligofrenias y demencias. El «síndrome hiperestésico-emotivo», propio de todas las psicosis orgánicas (psicosis emocional), presenta una intensa reactividad afectiva (facilidad de estímulo, bajo umbral de estímulo por parte de los estratos afectivos, pero también por parte de campos sensoriales).(3)

 

Ambivalencia afectiva

Es la coexistencia de afectos de signo opuesto que producen una oscilación que no permite la determinación afectiva. La persona simultáneamente teme y desea, ama y odia. Patológicamente la observamos frecuentemente en neurosis y esquizofrenias.

 

Inadecuación afectiva

Se produce cuando la expresión afectiva no es concordante con la situación que la provoca o el discurso del paciente. También llamado ‘afecto inapropiado’. Se observa en esquizofrenia.

 

Euforia simple

Es un estado de alegría armónico con la circunstancia.

 

Hipomanía

Es una vivencia de bien estar y alegría, generalmente motivada, con acompañamiento de vigor físico, potencia y gran ánimo de enfrentar los obstáculos. (1) Son personas optimistas, de iniciativas; a veces pueden realizar varios proyectos a la vez, a los cuales les dedican gran energía y ejecutividad. De gran movilidad detrás de sus tareas. Cuando están muy motivados pueden trabajar durante muchas  horas sin agotarse. De gran vigor mnésico, por lo general.

 

Manía (estado anímico en la manía)

Störring(14) describe al estado de ánimo maníaco como una euforia o exaltación psicológicamente inexplicables y debe considerarse de origen psicótico, siempre que no se demuestre la existencia de motivos provocadores. Los pacientes sólo tienen ideas de tonalidad placentera, nada puede entristecerlos. Todo es visto a la luz más favorable: lo que le ocurre al paciente y lo que hace es siempre satisfactorio y va acompañado de un sentimiento de ligereza y bienestar. Muestran una especial lozanía corporal (buen color de cara, mejor turgencia de la piel). Resulta decisivo para el diagnóstico que el paciente conserve su euforia a través de cualquier circunstancia y presente además falseamientos del juicio de génesis morbosa. No existe un plan en la conducta. Hay impulsos exagerados a la actividad; los sentimientos de salud, felicidad e hipervaloración propia son también exagerados y hay una acentuada irritabilidad.

 

Beatitud y éxtasis

Se caracterizan por:

1) Supresión completa de toda actividad motriz;

2) Vivencia de conmoción interna;

3) Gran sensación de gozo inefable.

Se observa principalmente en esquizofrénicos y en los paroxismos epilépticos. A veces también en histerias y en delirantes místicos.

 

Moria

Es una jovialidad expansiva caracterizada por jocosidad, juegos de palabras, sin contenido que lo justifique. También llamada alegría insulsa; fue descripta originariamente en lesiones del lóbulo frontal. Se la puede observar en  hebefrenias.

 

Neotimia

Consiste en una vivencia de sentimientos nuevos no experimentados por la persona normal. Se observa principalmente en esquizofrenias y adictos a las drogas.

 

Humor esquizofrénico

Carlos Pereyra(15) retoma el concepto kraepeliniano de que la demencia precoz o esquizofrenia es esencialmente juvenil y que una «psicología propia de la adolescencia y la pubertad se perpetúan morbosamente en la psicosis; de tal modo, los síntomas dichos secundarios: suficiencia, patetismo, pedantería, trascendencia, burla, hurañería, manierismo, etcétera, forman un conjunto de irremplazable valor diagnóstico». Anota Pereyra que dentro de lo proteiforme del comienzo esquizofrénico es tal vez el cambio de carácter el elemento más constante y pertinaz. El nuevo carácter no tiene un matiz definido: es más bien la pérdida de lo que antes se tenía; todo es contradictorio, inasible, inestable, y hay una total desorientación de la personalidad, que es fluctuante, ambigua y caprichosa. Es una imperfección del mecanismo volitivo el que, al principio, conciente, origina intensas crisis de angustia y luego acarrea desapego de los intereses inherentes a la vida por renunciamiento e impotencia para la lucha. La indiferencia, el hastío y la frialdad priman, y no hay cabida para los sentimientos más delicados y estables como la moral, la ternura, la amistad o el amor. Es una espesa niebla que los separa, a pesar de ellos, del mundo circundante, y es una espantosa y desoladora soledad.

 

Esquizofrenia, 12 años: «Tengo algo que no me deja estar en la realidad y me distrae, creo que tiene que ver con el cambio de Alemania a Argentina. Como si fuera algo que me tapara los ojos y yo estoy como en el aire y voy caminando y no puedo ver las cosas como cuando era chica. Ahora no puedo entender lo que me pasa, hay una cosa que me hace caminar lento, rápido, como si estuviera en un puente que no termina, como si hubiera un vidrio y yo quiero salir de ese vidrio. Ver las cosas como veía antes y poder disfrutarlas. En la escuela me siento más o menos. Todos los días me siento así, como en un vidrio, como polvos o pequeñas cosas que me contienen y no me dejan ver bien. Muy pocas veces puedo romperlo y me vuelvo a encerrar, como un pimpollo de flor que se abre y se cierra, pero se queda cerrado».

 

Angustia

La angustia se siente como una mezcla de displacer, de una vivencia de tensión interna o de espera de un peligro indeterminado y de impotencia para enfrentarlo. Se acompaña de repercusiones somáticas como molestias en el pecho, sensación de opresión en la garganta, de falta de aire o dificultad para respirar, palpitaciones o malestares cardíacos, sensación de pérdida de fuerzas, mareos, dolor difuso en la «boca del estómago» o de languidez o vacío en el estómago, alteraciones gastrointestinales y otros. Muchos síntomas derivan de las contracciones musculares del cuero cabelludo (sensación de «casco o vincha apretada», de paso de corriente eléctrica en la cabeza, de «hormigueos o calores», etcétera), de los músculos del cuello y la espalda, dolor en la nuca, mareos, inestabilidad, pérdida de fuerza y «hormigueos» en los brazos o las manos, «calores» y otros, de los músculos de la cadera y miembros inferiores (dolores, pérdida de fuerza en las piernas, torpezas, movimientos involuntarios —mioclonías—, calambres, etcétera). Todos estos síntomas obligan a la consulta con el clínico para descartar patología orgánica.

 

La tristeza vital es un concepto que utilizó Schneider para hacer una diferencia entre la tristeza normal y la patológica, propia de los estados melancólicos. En ésta predominan vivencias tan penosas, profundas y persistentes, que algunos autores proponen una distinción cualitativa respecto de la tristeza normal. El sufrimiento de los depresivos graves es de tal magnitud, que escapa a la comprensión empática de las personas que no han pasado por una experiencia similar. De ahí la intolerancia de los que rodean al melancólico y la sensación de soledad del paciente.

 

«Yo soy el culpable de lo que pasa, nadie más que yo”.

 

“Me falta interés, no disfruto las cosas”.

 

“Quiero estar más solo, más encerrado. Me quedo en mi cuarto, sin luz ni ruidos. No aguanto los ruidos. Sufro mucho, y creo que esta vez no me recuperaré”.

 

“No tengo ánimo, no pido más que un poco de ánimo”.

 

“Me falta el apetito. Estoy muy triste, al borde de cualquier cosa, y rogándole a Dios continuamente. Tengo fe en que no me abandone. Es lo único que me queda

 

“Me tira la cama. Tengo dolores articulares, en el hombro y cuello. Estoy angustiado, con un poco de sensación de opresión en el pecho. Ideas de estar flotando. No tengo fuerzas. Ni ganas». (Depresión bipolar, 9ª fase, 65 años).

 

Perplejidad

La perplejidad se produce cuando lo que se experimenta en un momento dado no tiene conexión alguna con las experiencias almacenadas en la memoria (la persona no las puede reconocer), y genera la vivencia de desorientación y desconcierto de la persona respecto de sí misma y/o de su entorno.

 

H. Delgado,(8) siguiendo a Störring dice: «Cuando la mente no logra la síntesis del contenido de la atención reconociendo a los fenómenos su concreta significación y sus efectivas relaciones, de suerte que el sujeto no acierta a comprender la falta de justeza y regularidad de sus actos de conocimiento, entonces tenemos la perplejidad anormal. Mientras que la perplejidad normal es duda o indecisión frente a un estado de cosas objetivamente determinado, en la anormal no se trata sólo de la dificultad subjetiva, sino de la conciencia de incapacidad de determinar cuál es el problema objetivo, a causa de que las asociaciones de ideas fortuitas y adventicias impiden la identificación de los datos de la experiencia». Síntoma frecuente del comienzo de la psicosis, especialmente la esquizofrénica, acompañante de algunas reacciones neuróticas, estrechamiento de conciencia, etcétera. Este fenómeno suele estar asociado al sentimiento de extrañeza, estado angustioso producto de la vivencia de cambio y transformaciones que el paciente no puede explicarse.

 

«Me miro las manos, son mis manos, pero no sé, es como si fueran de otro. Pero no sé en qué no son iguales. Pero no están como antes. Me paso largo rato mirándolas, son extrañas. No sé como explicarlo». (Período inicial de la esquizofrenia.)

 

Estupor melancólico

Se manifiesta por inmovilidad, rigidez y aparente suspensión de toda actividad física y psíquica, con esporádicas muestras de dolor moral, rictus de tristeza, gemidos, llanto silencioso, etcétera. En estos pacientes es tal el estado de autoabandono, que es preciso prodigarles los cuidados básicos: darles la comida en la boca (o parenteral), higienizarlos, cambiarlos de posición, etcétera. Se produce cuando la depresión alcanza un grado tal que llega a bloquear la capacidad vivencial para estímulos sensoriales, por ejemplo. Esto se observa en melancolías graves. Se debe diferenciar del estupor catatónico y confusional (véase «Estupor catatónico» en el capítulo sobre la voluntad).

 

Cataplejia

Consiste en una ausencia paroxística del tono muscular desencadenada por emociones intensas, como por ejemplo la risa, sorpresa o sobresalto, sin pérdida de conocimiento. Suele asociarse a la narcolepsia (Síndrome de Gelineau). A veces se experimenta en el sueño parcial disociado, donde la persona se siente despierta, pero con el cuerpo totalmente paralizado.(3, 7)

 

Bibliografía

 

*. Marietán, Hugo, Curso de Semiología Psiquiatrita, Ananké, Buenos Aires , 1998

1. A. Vallejo Nágera, Tratado de Psiquiatría, Salvat, 1949.

2. J. Delay, P. Pichot, Manual de Psicología, Barcelona, Toray Masson, 1979. (Va mi agradecimiento al Dr. Luis Lozano por sus clases sobre afectividad, un clásico en el Curso Superior para Médicos Psiquiatras de la UBA, y que llamó mi atención hacia estos autores.)

3. R. Battegay et al., Diccionario de Psiquiatría, Herder, 1989.

4. DSM-IV, Barcelona, Masson, 1995.

5. Emilio Mira y López, Cuatro Gigantes del Alma, Buenos Aires, El Ateneo, 1984.

6. M.A. y J.C. Colacilli de Muro, Fundamentos de Psicología, Buenos Aires, Plus Ultra, 1981.

7. Antoine Porot, Diccionario de Psiquiatría, Barcelona, Labor, 1977.

8. H. Delgado, Curso de Psiquiatría, Barcelona, Científico Médica, 1963.

9. Karl Jaspers, Escritos psicopatológicos, Madrid, Gredos, 1977.

10. Oscar Slipak, Estrés y perfiles de personalidad, Alcmeon, año 6, vol. 4, Nº 4, Buenos Aires, marzo 1996.

11) V. Cabello, Psiquiatría forense en el derecho penal, t. 2b, Buenos Aires, Hammurabi, 1982.

12. J. Brown y otros, Psicología aplicada, Buenos Aires, Paidós, 1972.

13. Hugo R. Marietán, Alcmeon, año IV, Vol. 3, Nº 4, Buenos Aires, 1994.

14. M. Reichardt, Psiquiatría general y especial, Madrid, Gredos, 1958.

15. Carlos R. Pereyra, Esquizofrenia, demencia precoz (tesis de 1943), Buenos Aires, Salerno, 1965. (Agradezco al Dr. Pablo Berrettoni, cuya tesis versa sobre este tema, el haberme recomendado la relectura de este valioso autor.)

16. J.C. Romi, Rev. Psiq. Forense y Sexología, año 1, vol. 1, Nº 4, Buenos Aires, abril 1996.

 

 

 


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Prescribir ansiolíticos para tratar la ansiedad, un error frecuente

 

Prescribir ansiolíticos para tratar la ansiedad, un error frecuente

 
Distintos fármacos ansiolíticos

Distintos fármacos ansiolíticos Cipriano Pastrano
 

01 de septiembre de 2013. 19:08h Madrid.

Emplear ansiolíticos en el tratamiento de la ansiedad es un error que comenten «con cierta frecuencia» los médicos de Atención Primaria, según asegura el vicepresidente de la Asociación Española de Psiquiatría Privada (Asepp), el doctor José Antonio López Rodríguez.

A su juicio, este medicamento «no debe administrarse de forma continuada», ya que su indicación es para las crisis de angustia, colocándolo «debajo de la lengua». Por ello, descarta el consumo reiterado de bromazepam, además de que sostiene que «el ideal es el loracepam«.

En este sentido, López Rodríguez asegura a Europa Press que, como ocurre con todos los trastornos psiquiátricos, el de ansiedad requiere un tratamiento en tres vertientes, siendo éstas «la farmacológica, la psicológica y la del cambio de estilo de vida«.

En referencia a las dos primeras, señala que se basan en «inhibidores de la recaptación de la serotonina y, en muchas ocasiones, psicoterapia para saber qué está pasando». Por su parte, la tercera vía es modificar hábitos, y es que «la mayor parte de los trastornos se dan por estrés».

Por ello, el miembro de la Asepp recomienda «no ir corriendo todo el día, aprender relajación, practicar deportes o ‘hobbies’ y tener una buena higiene del sueño». De cualquier forma, sostiene que lo primero es identificarlo, ya que cuando se produce «uno cree que se está muriendo».

Se caracteriza por «sensación de ahogo, taquicardia, sudoración fría, pensamiento de huida y de escape, estado de mal cuerpo o malestar gastrointestinal», llegando, incluso, a debutar con fiebre provocada por una bajada de las defensas.

El paciente no se da cuenta

En cuanto al origen, López Rodríguez indica que el ataque de ansiedad «siempre es la gota que colma el vaso de algo que viene produciéndose», por lo que, normalmente, «no es una tormenta de verano». De esta manera, el paciente es alguien que se encuentra en una situación de tensión de la que, «generalmente, no se da cuenta», señala.

La primera alerta es la denominada crisis de angustia, aunque puede haber otras como la jaqueca; sea como fuere, el ataque siempre es «muy intenso» y el trastorno «no aparece y desaparece», aunque «se diagnostica poco y se trata mucho peor todavía», lamenta.

Una de las causas de ello es que este problema se pueda «enmascarar», y es que muchas veces la enfermedad se somatiza «en problemas digestivos, de piel o hipertensión», asegura. Por este motivo, confirma que desde la Asepp se intenta formar a los profesionales, los cuales deben derivar al paciente al especialista «cuando tengan dudas».

Por último, López Rodríguez subraya el hecho de que la ansiedad es «fundamental» para la supervivencia, por lo que «en sí no es mala, es una cosa positiva». El problema es cuando se convierte en un trastorno «porque aparece por un problema que no es real, por estar dentro de la cabeza o por una reacción excesiva ante una situación», concluye.

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El arquetipo del niño sin madre

Ese es el verdadero triunfo del “abandonado”; la tremenda batalla ganada, que no es la de luchar por la superviviencia sino por la creación, por darse y crearse una vida llena, plena y buena, por lograr la prosperidad.
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Las personas que tienen este arquetipo activo, se distinguen por una respuesta de querer hacerse invisible, desaparecer, estar desprotegido, o regresar instantáneamente al pasado cuando sienten amenaza o mal trato por parte de otro adulto.

Lo importante es saber que este arquetipo tiene una llama interna que puede y debe ser encendida. Esa llama sigue ahí, jamás se apagó y jamás se apagará aunque no la tenga brillando en este momento. Aunque haya sido humillado, retirado y castigado como persona.

Esta llama la enciende y la cuida la madre interna. Para desarrollar la madre interna hace falta tener un deseo de amor incondicional y respeto hacia uno mismo.

No se trata de buscar amor (externo) de otros a toneladas hasta que te salga por las orejas. Esto les dejará insatisfechos…

Se trata de tener la madre guía, la que señala los puntos buenos y malos, la que tiene consciencia, intuición. La sabiduría consciente que te guía. La que cuando te guía te está amando (amar = mostar guía). La que pone luz en la oscuridad.

Cuando un bebé crece en normalidad, su infancia le reporta la sensación de paraíso: cuando tiene hambre, es alimentado; si tiene frío, se le da calor.

Es aquí donde obtiene la grata sensación de vivir, de ser aventurero, viajante en la vida. Más tarde, cuando es niño y va al colegio, se sale del paraíso y recibe mordiscos, o malos tratos de otros niños, etc… Debe enfrentarse con aspectos más oscuros del ser humano. El enemigo está fuera.

Pero cuando ese niño crece en una familia donde sus enemigos son el padre o la madre porque no atienden/no saben atender sus necesidades, ese niño se cría a la defensiva. La respuesta que aprende es que la vida no es un paraíso sino que hay que defenderse. Crece sin guía en el exterior (sin función de madre). Ante cualquier estímulo, suele responder a la defensiva (es un elemento distintivo del arquetipo “huéfano”). Tienen miedo de ser viajantes por la vida porque perciben sus amenazas.

Aprenden a incrementar su sensibilidad para “averiguar” o “adivinar” de dónde les vendrá la próxima amenaza, patada o bofetada… se hacen muy intuitivos. Se convierten en adultos “en alerta”. Y normalmente no sólo pueden prever o identificar a las personas negativas sino también a las positivas.

El problema es que tienen una fuerte tendencia a suprimir o destruir su intuición. A despreciarla, a minusvalorarla, especialmente si seguirla les supone una pérdida externa de amor… (perder a personas).

Hay dos tipos de malos tratos en el arquetipo huérfano:

Abuso: pegar, insultar, humillar, castigos inapropiados, gritos… cualquier estímulo que provoque una innecesaria respuesta de lucha en el niño

Negligencia: La madre no presta atención a los sentimientos o necesidades del niño (no lo coge bien para amamantarlo, etc.) y el niño no siente seguridad. Primeramente, lo vuelve melancólico, y con el tiempo se vuelve desesperado, deprimido. En la mayoría de los casos se da porque la madre es inmadura (ya sea por edad o por inmadurez psicológica –internamente no ha crecido, no tiene madre).

Cuando la luz (la consciencia) es puesta sobre este arquetipo, el abuso o negligencia se desvela con significado. La circunstancia del abuso no es un sinsentido. Se desata el tremendo poder, la tremenda intuición. Los mejores curativos son niños sin madre. Y los artistas, los músicos… todo aquél que vive con la mano puesta en el corazón, a la escucha del corazón.

Llegando a la adolescencia, el abuso tiene mucho que ver con la identidad. Saber quién es uno. Y quién será la semana que viene. El dolor de estar solo. Sentirse como un árbol con las raíces fuera, buscando una tierra donde plantarse. El abusado suele tener problemas de identidad, de estabilidad en el tiempo de su identidad.

La frialdad: no tener amigos, no hablar con los vecinos… E incluso, aunque se tenga amigos, el abandonado siente frío interno. Frío por estar apartado de uno mismo. Suele tener problemas para querer a los demás y también a sí mismo.

Responsividad ante sonidos. Hay bebés que enseguida lloran y se agitan ante estímulos sonoros mientras que otro no. A los sensitivos, lo peor que les puede pasar es que sean “niños sin madre, abandonados”. Si les rascas, prácticamente empiezan a sangrar. Se les denomina “los sin piel”. Tienen los nervios sin proteger por la piel, expuestos. Su preocupación como adultos es “crecer la piel”, que no es más que el proceso de aprender a que no les llegue hasta el corazón todo lo que les ocurre.

Por eso son tan intuitivos, porque ven, oyen y sienten de manera acentuada.

La mala noticia es que duele. La buena noticia es que si lo notas (sentir el dolor) entonces puede ser curado. Las cicatrices se verán (no queda igual que si no hubiera sido dañado) pero serán motivo de orgullo. Serán un reflejo de tu fortaleza, un mapa de tus tesoros.

La psique del huérfano tiene un hambre terrible, una soledad terrible que le hace o le lleva a recorrer compañías de las peores, hábitos no saludables… todo debido a ese sentimiento de soledad. Se tiene hambre de personas hasta llegar a la obsesión, hambre instintiva. Hambre de consumir personas.

El bebé que puede chupar de la teta de la madre, deja de tener hambre. Pero el que no puede hacerlo, está hambriento continuamente. El huérfano tiene problemas para darse alimento psíquico a sí mismo: reconocimiento, amor, autoestima, respeto… Y trata de conseguirlo fuera.

Otra característica es el amontonar cosas por si luego no hay, por si luego no tengo. Esa sensación de “por si acaso falta”.

Está tan cerca de la muerte psíquica que parece que no la va a superar. Pero ese es el verdadero triunfo del “abandonado”. La tremenda batalla ganada, que no es la de luchar por la superviviencia sino por la creación, por darse y crearse una vida llena, plena y buena, por lograr la prosperidad.

Clarissa Pinkola Estés