“Te amo, pero no te deseo”. Una epidemia del siglo XXI

Enviado por Alejandra Godoy Haeberle 


                             

Acude a la consulta una pareja joven, él tiene 31 años y ella 28 años; ambos profesionales con trabajos satisfactorios, ni excesivos ni estresantes y bien remunerados; pagan sin mayor esfuerzo el dividendo de un hermoso departamento y realizan las tareas domésticas en forma totalmente igualitaria. Pololearon dos años y llevan casados otros dos años; no tienen hijos. Afirman que están muy enamorados, que se proyectan a futuro juntos, que consideran que el matrimonio es para toda la vida, que tienen una muy buena comunicación, que se llevan bien entre ellos, que casi no pelean y que no tienen problemas en ninguna otra área salvo la sexual: durante el noviazgo hacían el amor frecuentemente, pero hace casi dos años que no tienen relaciones sexuales. Se hacen cariño, se besan, caminan de la mano y se duermen abrazados, mas la pasión desapareció de sus vidas.
Cuando se pusieron de novios, él fue dejando de tomar la iniciativa sexual y evitaba estar a solas con ella; después de casados, se comportaba muy pasivamente cuando hacían el amor a pedido de ella, hasta que comienza a rechazar los avances sexuales de su mujer con distintas excusas, culminando en que ella se cansa de buscarlo inútilmente. Cuando solicitan ayuda profesional, él reconoce que no siente deseo sexual por su esposa, ella ha ido aceptando la situación, ambos se sienten incómodos ante la mera perspectiva de un encuentro erótico y acuden a consultar ahora porque desean tener un hijo. 
En las sesiones individuales, el marido sostiene que encuentra muy atractiva a su mujer, que la ama profundamente, que la volvería a elegir como su compañera y que para su desahogo sexual recurre a la masturbación, pero confiesa que a veces se tienta con la pornografía y que claramente sí siente deseos por otras mujeres, aunque nunca que le ha sido infiel ni siquiera virtualmente. Se declara muy preocupado y angustiado por estar fallándole a su esposa en algo tan importante.  
No comprende en absoluto lo que le pasa, ya que con sus parejas anteriores no le ocurrió nada parecido. No tenía ningún problema previo de funcionamiento sexual, si bien a veces eyaculaba precozmente; tampoco se siente ni deprimido ni estresado. Creyó que podría haber alguna causa física, pero el urólogo lo encontró sano y con un nivel adecuado de testosterona. Varios meses atrás, estuvieron separados por un corto tiempo y como él volvió a desearla apasionadamente como al inicio de la relación, creyeron que todo estaba arreglado; mas, al volver a vivir juntos, nuevamente surge la inapetencia sexual.         
Se describe a sí mismo como un hombre que rechaza el machismo, que le encanta que su esposa sea profesionalmente exitosa, que le cargan las discusiones, que cuando ella lo critica y se enoja, a él le cuesta ser asertivo y prefiere permanecer en silencio hasta que todo se vuelve a calmar, aunque reconoce con humor que parece “mina”, ya que le cuesta olvidar lo que sucedió y queda resentido. No tolera percibirla a ella molesta o distante, ni verla sufrir y llorar, se siente muy culpable, pero a pesar de ello, dice que sencillamente no podría soportar un acercamiento erótico.
Por su parte, ella tampoco entiende nada. En sus experiencias sexuales anteriores, nunca había conocido un hombre que no deseara sexo casi todo el tiempo. Al comienzo creyó que podía haber algo mal en ella o que estaba haciendo algo muy mal, en su apariencia física o en el desempeño de sus roles de esposa. Está convencida que si él dejó de desearla, significa que ya no la ama; o bien que tiene una amante e incluso se le ha pasado por la mente que él pudiese ser homosexual. Hoy en día cree que las causas están en la niñez de él, en la relación con sus padres o en subjetivos problemas en el trabajo. Tiempo atrás ella fue descubriendo en él defectos que no había visto antes, actitudes que no le gustaron y trató de conversarlo con él infructuosamente, pero al lado del problema sexual, ya no parecen importantes.   

Recientes investigaciones confirman que la falta de deseo sexual es uno de los motivos más frecuente de consulta a los sexólogos en los últimos años. No obstante, no se trata de una inapetencia sexual como la de antes, aquella que afectaba mayoritariamente a mujeres y que solía estar asociada a alguna otra disfunción sexual, generalmente a la anorgasmia. Tampoco se refiere a aquella que aparecía varios años después de casadas en madres de varios hijos que estaban agotadas, desilusionadas y sin otro poder que el sexual dentro de su matrimonio; ni a la natural disminución generalizada del deseo sexual después de los 60 años en ambos géneros.
Actualmente afecta a parejas entre 25 y 40 años, puede presentarse en la mujer, en el hombre o en ambos, aunque los casos que más se han incrementado son los de varones. Les sucede a parejas que se aman, que no tienen conflictos abiertos entre ellos, que quieren seguir juntos, formar una familia y que acuden muy motivadas a consultar. Se descartan causales orgánicas, trastornos del estado de ánimo, cansancio, estrés, problemas económicos o de privacidad, miedo al compromiso, desaveniencias maritales, falta de amor e infidelidad.
Los inicios pueden ser abruptos o paulatinos; puede manifestarse en dejar de tomar la iniciativa, en una marcada disminución de la frecuencia sexual o con el cese absoluto de las mismas. Puede aparecer al momento de ponerse de novios, al irse a vivir juntos, al poco tiempo de casados (o en matrimonios que llevan muchos años juntos), después del nacimiento del primer hijo o de los hijos posteriores, aunque también puede presentarse en parejas de pololos que ni siquiera viven juntos. Puede haber existido eyaculación precoz previa, pero generalmente no hay ninguna otra disfunción primaria.
Ante este panorama, las interrogantes que necesariamente surgen se refieren a por qué ha aumentado tan considerablemente el Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) en la última década, por qué aparece ahora en parejas que bordean los 30 años y por qué los más afectados son los hombres, siendo que antiguamente casi nunca consultaban por esta disfunción. El DSH masculino es un fenómeno especialmente interesante, dado que implica un comportamiento incongruente con lo socialmente esperado.
Tradicionalmente los especialistas intentaban delimitar – en términos individuales – los factores predisponentes, precipitantes y mantenedores que pudiesen estar afectando; sin embargo, con estos datos no es posible dilucidar adecuadamente la inquietud que nos ocupa. Se hace indispensable indagar en las relevantes transformaciones socio-culturales que se han evidenciado en nuestra Sociedad Occidental en las últimas décadas. Parece especialmente significativo analizar el verdadero terremoto que se ha producido en los roles de género y sus consecuentes confusiones e inseguridades propias de los períodos de transición.
Revisando la escasa literatura existente respecto al DSH masculino, nos encontramos con algunos resultados muy decidores. Varios de los factores mencionados son los que tradicionalmente se asociaban a mujeres con DSH. Entre los factores de riesgo hallados por los autores se pueden señalar los siguientes:  
  • Incremento de las características de sumisión: tiende a percibirse a sí mismo como sumiso, traducido en conductas de abnegación, dependencia, conformismo, timidez y capacidad para soportar el sufrimiento.
  • Decremento en los niveles de auto-estima: se refiere al juicio personal respecto al grado de valía de sí mismo, expresado en las actitudes que tiene hacia sí mismo, así como en la experiencia subjetiva que se transmite a los demás.
  • Decremento de las características de masculinidad: se refiere a conductas instrumentales, es decir, aquellas dirigidas a una acción, orientadas a metas, agresividad, búsqueda de dominio y autoafirmación. Los varones sin disfunción sexual tienen una mejor autoimagen del rol masculino, lo que se asocia a pragmatismo y adaptación.
  • Decremento de las características de femineidad: se refiere a conductas llamadas de relación, aquellas encaminadas hacia los sentimientos y la abstracción, tales como involucrarse con los demás, expresar los afectos, desear dar protección y orientación hacia la crianza. Los hombres sin disfunción sexual puntean más alto en esta escala.
  • Incremento de los temores asociados a la sexualidad: se traduce en una percepción negativa de la autoeficacia sexual, lo que provoca temor al fracaso.
  • Decremento de la calidad de la comunicación entre los miembros de la pareja.
  • Incremento de problemas y conflictos de pareja.
  • Incremento de una dinámica de pareja donde la mujer es percibida como muy dominante y con excesivo poder dentro de la relación. La disminución del deseo sexual es interpretada como una forma de agresión pasiva y como una manera de mantener una distancia emocional.
  • Incremento de la percepción de sí mismo como alguien de estilo reservado, mientras que percibe a su pareja como alguien negativo y de un estilo violento.
Si bien se ha avanzado algo en el estudio de este fenómeno, aun quedan importantes aspectos por determinar. Efectivamente, en las investigaciones no se suelen diferenciar los casos separándolos por edad, por momento del inicio ni por la duración del síntoma. Tampoco se analiza la personalidad del hombre en relación con la personalidad de su pareja. Por nuestra parte, lo que hemos observado en la inmensa mayoría de los casos es una determinada combinación de tipos de personalidad del Eneagrama.
En cuanto a la terapia y pronóstico, actualmente existen solo modestas evidencias empíricas que validen los tratamientos, en parte debido a que este es un síndrome de reciente data en hombres jóvenes. Los expertos coinciden en que el DSH es altamente complejo y que representa un gran desafío para los sexólogos. Las terapias suelen ser difíciles y relativamente largas, con resultados disímiles según cada caso.

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