el pensamiento no deseado a la obsesión

Si pudiéramos grabar todos los pensamientos que surgen en las mentes de las personas, nos encontraríamos con todo tipo de pensamientos, ideas e imágenes mentales posibles. Entre ellos habría pensamientos absurdos, aterradores, obscenos, creativos o extravagantes.

La mayoría de ellos pasan por nuestra mente con tanta rapidez que ni siquiera somos conscientes de ellos. No obstante, en ocasiones, nuestra mente “atrapa” uno de esos pensamientos para analizarlo mejor, de modo que somos totalmente conscientes de él. La mente consciente analiza dicho pensamiento para determinar si es válido, si requiere alguna acción o si ha de ignorarse. Aunque a veces, las personas no son capaces de llevar a cabo este proceso sino que de algún modo se quedan atascadas, de manera que el pensamiento permanece y se vuelve un intruso en la mente del que no puede librarse, produciendo una gran ansiedad.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué ese pensamiento se acaba convirtiendo en una obsesión?

Existen varias explicaciones posibles, que veremos a continuación.

Genes. Existe cierta base genética que hace que algunas personas tengan una mayor tendencia a tener pensamientos obsesivos.

Estrés. El estrés también aumenta la predisposición de una persona a centrar su mente en un pensamiento desagradable particular. La fantasía de Elsa, por ejemplo, acerca de dañar a sus hijos, es bastante frecuente entre padres jóvenes y estresados.

Controlabilidad. Este término hace referencia al grado en que una persona considera que es capaz de controlar los acontecimientos, ya sean externos o internos (pensamientos). Cuanto más en control se sienta una persona, menos probabilidades tendrá de interpretar un acontecimiento como digno de preocupación o rumiación. Por el contrario, si piensas que los sucesos están fuera de tu control, seguramente serás mucho más vulnerable a los pensamientos prohibidos o no deseados.

Efecto bola de nieve. En las personas con baja controlabilidad los pensamientos prohibidos pueden dar lugar a un círculo vicioso. Cuanto más a menudo experimenten pensamientos no deseados, más dañada puede verse su sensación de control y su autoestima. Esto, a su vez, aumentará su vulnerabilidad a dichos pensamientos. Según el psicólogo Frank Fincham, de la University of Wales, “El modo que tiene la gente de reaccionar ante los pensamientos indeseados depende mucho de su nivel de autoestima”.

Intrusos de la mente: los pensamientos no deseados

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Un factor importante lo constituye el vínculo existente entre nuestros pensamientos prohibidos y nuestro sistema de valores (el que utilizamos para juzgar lo que está bien y lo que está mal). Un pensamiento prohibido es aquel que viola ese sistema de valores, y el malestar que origina forma parte de aquello que nos ayuda a funcionar adecuadamente como seres sociales.
El rechazo hacia una fantasía violenta puede sugerir que las personas tienen un punto de vista ético y desean atenerse a él. Si un pensamiento como ese surgiera en tu mente y no te preocupa en absoluto, eso sí podría ser un problema. La ausencia de malestar emocional ante este tipo de pensamientos podría explicar algunos actos violentos y conducta antisocial.

Algunos psicólogos consideran que este tipo de pensamientos son parte del proceso mental para poner a prueba y reafirmar las reglas internas. Por ejemplo, las fantasías de violación (tanto de violar como de ser violada) son bastante comunes y con frecuencia se interpretan como una evidencia de un problema serio. No obstante, Schwartz afirma que en muchos casos el cerebro puede simplemente estar mostrándose a sí mismo las consecuencias de la violación. En la fantasía, al final te das cuenta de que esa persona está asustada o herida y retrocedes, explica Schwatrz.

La educación también puede jugar un papel importante. Por ejemplo, las personas criadas en ambientes muy religiosos en los que los “malos” pensamientos son considerados obra del diablo, tienen más probabilidades de tener pensamientos obsesivos que el resto de las personas. Estas personas suelen tener una baja controlabilidad y una baja autoestima, de modo que son más vulnerables a los pensamientos no deseados. Al mismo tiempo, estas personas crecen sabiendo con claridad qué pensamientos se consideran inapropiados y, por tanto, deben preocuparse por ellos e intentar suprimirlos a toda costa. Y es precisamente esta respuesta (intentar suprimirlos) la que puede transformar estos pensamientos en dañinos. Cuanto más intente una persona suprimir un pensamiento, más probabilidades existen de que se convierta en una obsesión.

A mediados de los años 80, el psicólogo Daniel Wegner, de la Universidad de Virginia, reunió a un grupo de personas en una habitación con una grabadora y les pidió que dijeran cualquier cosa que surgiera en sus mentes, con una excepción: no estaba permitido pensar en un oso blanco. “La gente mencionó el oso al menos una vez por minuto, a pesar de que se supone que no deberían pensar en él”, dijo Wegner. “Intentaban todo tipo de trucos, pero continuaba volviendo a su mente”.

Se han plantado diversas hipótesis para explicar esto. Wegner explicó que, posiblemente, al intentar suprimir un pensamiento, la mente sigue controlando los contenidos de la conciencia para asegurarse de que ese pensamiento no está ahí, lo cual es un modo de seguir pensando en ello.

Otra teoría sostiene que al intentar suprimir un pensamiento pensando en otra cosa, la mente crea una asociación entre ambos pensamientos, de modo que el pensamiento distractor ayuda a traer a la mente al pensamiento prohibido. Otros autores consideran que al intentar suprimir un pensamiento, la mente no llega a procesarlo del todo; por tanto, la persona nunca llega a ver que el pensamiento no es realista y que es muy improbable que se convierta en acción. Es decir, al no procesarlo, el pensamiento queda no resuelto y sigue volviendo a la mente por la necesidad de ser procesado.

Sea cual sea el mecanismo, la supresión es una respuesta automática ante pensamientos no deseados. Las personas a dieta tratan de suprimir los pensamientos sobre comida; las víctimas de sucesos traumáticos tratan de suprimir los recuerdos dolorosos; las personas con secretos (algo que los avergüenza, por ejemplo) usan la supresión para evitar pensar en ello.

Los pensamientos e imágenes mentales desagradables son los que se tratan de suprimir con más intensidad, de modo que se vuelven más intrusos cuanto más se intentan suprimir.

Del mismo modo, cuando las personas intentan no pensar de forma estereotipada acerca de los demás, aumenta más el uso de estereotipos.

El asesino en serie Jeffrey Dahmer confesó a la psicóloga Judith Becker que desde niño se había sentido atormentado por pensamientos sobre tortura de animales. Consideraba esos pensamientos repulsivos e intentaba suprimirlos hasta terminar totalmente acosado y perseguido por ellos el resto de su vida. Por supuesto, la supresión de pensamientos no fue lo que lo convirtió en un asesino.

El mejor modo de librarse de los pensamientos indeseados no es suprimirlos, sino confesarlos a alguien. Las personas que discuten sus pensamientos con alguien se sienten mejor, tanto emocional como físicamente. Compartir estos pensamientos ayuda a las personas a darse cuenta de que es más frecuente de lo que creen, que todo el mundo tiene, en mayor o menor medida, pensamientos no deseados y que no es un indicativo de que se estén volviendo locos o estén descontrolados.

Por desgracia, no siempre es fácil poder compartir estos pensamientos con otras personas. Los demás pueden no saber cómo reaccionar o no tener la experiencia ni la capacidad para evaluar estos pensamientos de forma realista y pueden no ser capaces de vérselas con pensamientos especialmente perturbadores, de manera que a veces la mejor opción puede ser acudir a un psicólogo.

Cuando los pensamientos se dan en forma de imágenes mentales, un bueno modo de librarse de ellos sin recurrir a la supresión consiste en “congelar” la imagen como si le hubiéramos tomado una fotografía y concentrarse en ella, sin dejar de verla en nuestra mente, sin huir, hasta que la imagen acabe desvaneciéndose por sí misma.

A veces, una persona puede verse metida de lleno en un dilema. Tal vez tienda a pensar de una forma prejuiciosa, y se sienta mal por ello al considerarlo un modo de pensar inapropiado, pero al mismo tiempo, puede no conocer otro modo de pensar o puede no compartir del todo un pensamiento libre de prejuicios debido a ciertas experiencias vividas (por ejemplo, haber tenido experiencias negativas con personas de otras razas).

Además, en las sociedades multiculturales en las que tendemos a vivir en la actualidad, pueden coexistir sistemas de valores diferentes, de modo que lo que es un pensamiento apropiado para una subcultura puede ser inmoral para otra, de manera que las personas inmersas en ellas pueden no saber a qué atenerse.

A veces, surgen conflictos internos debido a que una determinada fantasía o pensamiento que surge en la mente de una persona, contradice la imagen que tiene de sí misma, como la feminista que un día se encuentra a sí misma fantaseando sobre quedarse en casa dedicada sólo a los niños y al hogar, o la persona heterosexual que se encuentra teniendo fantasías homosexuales.

¿Significa eso que, en el fondo, la feminista no es feminista y el supuesto heterosexual es homosexual? No necesariamente. Lo que esto nos dice es que la mente humana va muchas veces por libre, que nuestro cerebro “juega” con ideas de todo tipo, nos pone a prueba, analiza y explora puntos de vista diferentes y opuestos a los que mantenemos habitualmente y todo esto puede ser enriquecedor. La feminista que se atreve a explorar esa fantasía, no necesariamente va a acabar deseando asumir ese papel, pero puede entender que otras mujeres lo deseen y lo disfruten, y el heterosexual que se permite explorar fantasías homosexuales no necesariamente va a convertirse en homosexual, pero tal vez sí entienda mejor esta orientación sexual en otras personas. El hombre que fantasea con imágenes de abuso sexual a niños, no necesariamente va a convertirse en un pederasta, pero sí es posible que explore el terrible dolor y las consecuencias que eso puede tener en un niño.

Si el hecho de pensar en esto produce repulsión y hace a una persona aterrarse de sus propios pensamientos, es porque se trata de algo que rechaza, pero que a la vez le preocupa. Explorar las consecuencias de llevar a cabo fantasías violentas puede hacer que entendamos mejor el dolor humano. Después de todo, son los propios padres los que con más frecuencia tienen pensamientos no deseados sobre hacer daño a sus hijos. Esas fantasías pueden servir para explorar el dolor que su hijo sentiría e ir con mucho más cuidado en su trato con ellos.
http://www.cepvi.com/articulos/pensamiento3.shtml

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