La pasión secreta de Katharine Hepburn: Howard Hughes

«Fue el mejor amante de mi vida.» Así se confesaba Katharine Hepburn ante la grabadora de la escritora Charlotte Chandler. Y no se refería a Spencer Tracy. En esas entrevistas íntimas, nunca publicadas hasta ahora, la actriz habló con una naturalidad insólita del sexo y de los hombres. Especialmente de uno de ellos, Howard Hughes.

Desde pequeña nadaba casi cada día en el océano, fuese invierno o verano, hábito que mantuvo hasta pasados los 80 años. «Cuanto más amarga la medicina, mejor», decía. Una mañana de 1935 se presentó en el exclusivo club de golf de Bel Air y pidió un rival que estuviese a su altura. Nada de chicas, un hombre. Era muy competitiva. Minutos más tarde estaba jugando contra un profesional cuando oyó el estruendo del motor de una avioneta que volaba a ras de suelo. «Creí que iba a aterrizar sobre nuestras cabezas, pero nos sobrepasó y se posó en el green, justo delante de nosotros», recuerda. El piloto esquivó un par de búnkeres, evitó el lago y consiguió frenar sobre la hierba exquisitamente rasurada. «Hizo uno de sus típicos aterrizajes en un palmo de terreno, a los que pronto me acostumbraría. Enseguida supe quién era: Howard Hughes. No podía ser otro.» El multimillonario productor de cine y consumado aviador bajó de un salto. Llevaba una bolsa con sus palos de golf al hombro y se unió a la partida. «Los socios del club estaban furiosos. Pero él les dijo que pagaría la cuenta por el arreglo de los desperfectos. Howard pensaba que podía comprar cualquier cosa.»

Aquel vuelo acrobático tenía un objetivo: impresionar a la actriz. Estaba encaprichado de aquella altiva pelirroja desde hace un año. El alarde dio resultado. La invitó a cenar y empezaron a salir. A Hepburn le pareció guapísimo con su cazadora de cuero y sus gafas de piloto. «Fue el mejor amante de mi vida», resumió. La actriz tuvo muchos romances en Hollywood (Cary Grant, Douglas Fairbanks, James Stewart, George Cukor, Lawrence Olivier…), pero la intensidad física de aquella relación, ese gusto por la vida tan sincero, permaneció en secreto. En aquella época, Hepburn no concedía entrevistas, ni siquiera firmaba autógrafos. Tenía una lengua vitriólica y podía ser cortante. «Tengo cinco hijos: dos blancos y tres negros», le espetó a un reportero que osó preguntarle por su vida personal. Por su parte, Hughes estaba medio sordo. Era muy callado. Y ya tenía manías de lunático.

Por eso, hasta hoy, es la relación, bastante más tardía, de Hepburn con el actor Spencer Tracy la que se recuerda. La química funcionaba en la pantalla. Pero en la vida real no tuvo nada de glamour. Un amor sórdido entre un machista redomado y una pionera del feminismo que se dejaba avasallar. Tracy, casado, alcohólico y enfermo, no quiso dejar a su mujer. Se veían a escondidas. Hepburn fue siempre la segunda; más una enfermera que una amante. «Spencer nunca me dijo que me quería», se lamentaba. Ni siquiera pudo asistir a su funeral y le lloró en casa para no incomodar a la viuda. Con Hughes fue todo lo contrario. Gozo en estado puro. Plenitud física. Sexo sin culpa. Y lo más importante: Hepburn era ella misma; un espíritu libre. Con Tracy fue una sombra. La encarnación de sus propios demonios interiores.

Sólo en los años 70, cuando ya era la gran dama del Hollywood clásico y para muchos la mejor actriz de todos los tiempos, la única con cuatro Oscar, se confesó a la biógrafa Charlotte Chandler, que grabó largas conversaciones de sobremesa que se publican ahora (The real Kate: a personal biography, JR Books). Confidencias que Chandler jamás hubiera osado publicar en vida de Hepburn. «Howard era una persona muy orientada hacia el sexo. Yo no me sentía cohibida porque él no lo estaba en absoluto», se sinceró. Estuvieron juntos durante dos años. «Howard y yo compartíamos algunos rasgos de carácter que nos hacían muy compatibles. Nos educamos en casa. Estábamos tan mimados que ni siquiera nos dábamos cuenta. Y éramos dos solitarios. Íbamos por libre y hacíamos lo que nos convenía a cada uno.»

Que fueron dos niños mimados es evidente, pero sus infancias descarrilaron por sendas tragedias. Katharine Hepburn (1907-2003) era hija de un urólogo de Connecticut y de una sufragista. Sus padres defendían la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres. Kate incluso llevó ropa masculina durante una época y exigía que la llamasen Jimmy porque pensaba que los chicos se divertían más. Idolatraba a su hermano mayor, Tom. Hepburn consideraba que el momento decisivo de su vida ocurrió a los 14 años, cuando descubrió el cuerpo sin vida de su hermano, ahorcado en un ático. El forense dictaminó suicidio, pero ella nunca lo aceptó. «Era un chico alegre y lleno de vitalidad. Estoy segura de que estaba intentando hacer un truco que nos enseñó mi padre, pero salió mal. Su muerte marcó la filosofía de mi vida: ser independiente, separarme de los demás para no volver a experimentar el dolor que sentí cuando murió.» La adolescente se sumió en una depresión. Dejó de ir al instituto durante meses. Durante décadas celebró el cumpleaños de Tom en lugar del suyo.

En cuanto a Howard Hughes (1905-1976), nació en Texas. Su padre inventó una broca para la extracción de petróleo y se hizo millonario. Su madre era sobreprotectora y padecía microfobia, terror a los gérmenes. Lavaba a su hijo a todas horas con un jabón de lejía. Murió cuando Hughes tenía 17 años. Un par de años más tarde falleció su padre. A la tristeza se sumó la progresiva pérdida de oído y su carácter obsesivo. «Creo que lo que más atraía a Howard de mí eran mi voz y mi dicción. Hay gente que encuentra mi timbre irritante, pero Howard podía escucharme porque yo hablo alto y claro. A veces había que susurrarle al oído, si le interesaba mucho lo que estabas contando. Si no, podías gritárselo con un altavoz y no te escuchaba», rememoraba Hepburn. «Era imponente. Alto, delgado. Yo fingía que no me impresionaba, pero era muy consciente de que era una persona extraordinaria. No nos sentíamos normales. Mi madre me advirtió que tuviese cuidado, porque estaba despertando la envidia de las mujeres a las que no cortejan aviadores. Me importaba un bledo. Howard tenía más encanto que las películas de Hollywood, porque su vida y sus aventuras eran reales.»

Los dos se habían casado jóvenes y se habían divorciado. «Desde el principio, nuestra relación estuvo cargada de electricidad sexual. Howard era el hombre más tímido con el que estuve nunca. Pero luego se desató, nos desató la pasión. No teníamos inhibiciones. Y nos sobraban salud y energía. Aprendí más sobre mí misma que sobre Howard. Fue algo misterioso, sorprendente. Teníamos la edad perfecta para la pasión: 30 años. A Howard no le gustaban las mujeres frágiles. Y yo era casi una atleta. Además, me habían educado para sentirme cómoda con la desnudez propia y ajena.» De hecho, su ex marido, el empresario Ludlow Ogden Smith, le pidió durante el noviazgo hacerle unas fotos semidesnuda. «¿Por qué hacer las cosas a medias?», lo desafió Hepburn, cuyo expediente académico en el prestigioso Bryn Mawr College estaba salpicado de faltas disciplinarias por fumar, saltarse el toque de queda y bañarse en cueros en una fuente. «Posé sin ropa y los retratos me encantaron. Estaba orgullosa de mi cuerpo.» El matrimonio con Ogden Smith duró seis años. «Fui un desastre como esposa. Ni siquiera lo intenté en serio. Fui egoísta y siempre antepuse mi carrera», reconoció Hepburn. Se divorciaron dos veces. La primera en México, pero no estaban seguros de la legalidad del trámite y, por si acaso, volvieron a divorciarse en Estados Unidos. «No tengo quejas de él. Estaba muy agradecido porque le di mi virginidad. Como amante, era considerado y gentil. Acostarse con él era agradable, aunque me pareció que la gente valoraba demasiado el sexo. Siempre fui una sabelotodo… Con Howard me di cuenta de que era posible algo más. Mi madre, que me había educado para ser una mujer antes que una esposa, no me había contado eso. Algunas cosas tienes que aprenderlas por ti misma. Sin inhibiciones. Sin sentirte avergonzada o preguntarte qué pensará tu pareja sobre ti después de hacerlas.»

Su relación consistió en una larga luna de miel interrumpida sólo por los rodajes de Hepburn y las hazañas de aviación de Hughes, que batió un récord al dar la vuelta al mundo en tres días y 19 horas. La actriz se alojaba en la mansión de 30 habitaciones del cineasta, donde tenía una suite y una limusina con chófer para ella. Un cocinero les preparaba cualquier plato a cualquier hora. Después de hacer el amor, se atiborraban a helados.

Hughes la enseñó a pilotar. «Volamos por todas partes. Con Howard no tenía ni pizca de miedo. Me sentía como un pájaro.» A Hepburn le entusiasmaba el hidroavión de Hughes, con el que amerizaban en cualquier lugar que les gustase. Entonces ella se quitaba la ropa y se zambullía en el mar, saltando desde un ala.

«Cuando no estaba con él, no sé si me era fiel. No estábamos comprometidos. No habíamos hablado del futuro, aunque él me pidió matrimonio varias veces. Nunca dije que sí. Nunca dije que no.» Hughes siguió pidiéndole a Kate que se casaran. «Era muy serio y muy intenso. Y escogía momentos románticos, pero nunca me lo preguntó cuando estábamos en la cama. Me dijo: ‘Kate, nunca te fíes de un hombre que te pide matrimonio cuando quiere acostarse contigo. Dirá lo que sea y se olvidará con la misma facilidad’. Agradecí su consejo, pero no me hacía falta. No estaba buscando un marido, ni siquiera a Howard.» En vista de su posterior descenso a la chifladura más absoluta, cuando vivió durante años como un ermitaño, con el pánico a los microbios y dilapidando su fortuna en producciones que se prolongaban durante meses porque a una actriz le sentaba mal un vestido, o no estaba satisfecho con el realismo de una batalla aérea (en uno de sus rodajes murieron tres pilotos), Hepburn quizá salió bien librada. Puede que intuyese que Hughes tenía serios problemas que aflorarían y no quiso dar el paso de comprometerse, aunque nunca le recriminó nada.

«Alguien puede decir que los dos éramos unos maniáticos de la limpieza. Mientras estuvimos juntos, el asunto siempre estuvo dentro de los límites de lo razonable, aunque fuese algo obsesivo. Yo incluso creí que estaba más obsesionada que él. Nos lavábamos las manos mucho tiempo. Y el agua debía estar muy caliente.» Hepburn cree que el descenso a los infiernos de Hughes empezó en 1946, cuando sufrió un accidente de aviación. Su aparato se estrelló en Beverly Hills y se incendió. Hughes salvó la vida de milagro, pero sufrió graves quemaduras y no le quedó un hueso sano. «Desde entonces vivió cada minuto de su vida con dolor. Y el dolor, como la sordera, te aísla del mundo. Llegó un momento en que estaba atrapado y vivía dentro de su propia mente.» Se convirtió, además, en adicto a la morfina.

­La historia de amor acabó en 1938, después de que un huracán arrasase Connecticut y una riada destruyese la casa familiar de los Hepburn. Kate, que estaba de visita, escapó con su madre, descolgándose con una cuerda por una ventana. La casa fue arrastrada por las aguas. Al día siguiente llegó el avión de Hughes, cargado de agua embotellada. Un gesto engañosamente generoso… «Supongo que se cansó de oírme decir \\\”\”no\\\”\” cada vez que me pedía casarse conmigo. Lo supe a ciencia cierta después del huracán. Cuando su avión aterrizó y otra persona salió de él. Pensé que iba a ser Howard, pero no. Había mandado a otro piloto a traernos el agua. Cuando pienso en ello, es como si esas botellas llevasen un mensaje dentro. Y el mensaje era que lo nuestro había terminado.»
Carlos Manuel Sánchez

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