Sentimos según pensamos: los hilos de nuestra felicidad se manejan desde el cerebro


Dónde si no… se preguntará alguien. Es el cerebro quien decide cuántas pulsaciones va a producir nuestro corazón cuando nos montamos en un avión, es en él donde hallamos las respuestas a por qué una mujer es infiel a su marido; también él decide por qué un hombre que lleva toda su vida laboral soñando con su jubilación se desmorona cuando finalmente alcanza el merecido descanso… y, en definitiva, él es el juez que media en cada emoción, motivación, conducta y cambio fisiológico que experimenta un ser humano.

Hay muchas orientaciones psicológicas, luego hablaremos de algunas de ellas, pero todas coinciden en el papel de excepción que ocupa el cerebro en nuestro bienestar. Pero el cerebro es grande, y sus vericuetos, inexplorados, de manera que lo que va a diferenciar una orientación de otra es el lugar del cerebro en el que centran su estudio. Para nuestra vida cotidiana, decir que la felicidad se encuentra en nuestro cerebro es como no decir nada, pues nada se puede hacer con este axioma. ¿En qué lugar del cerebro? Ésa es la pregunta clave, ésa es la discusión que nos traemos entre manos. ¿A qué parte de mi cerebro he de pedirle cuentas cuando me obsesiono con que un ser querido pueda enfermar?, ¿y cuando mi cara se pone roja al hablar en público?, ¿y dónde reclamar cuando, a pesar de tenerlo todo, una insidiosa insatisfacción corroe mis ilusiones? He de quejarme al señor hipotálamo por sufrir una inflamación en su parte anterior, o quizás mis ruegos deban dirigirse a ese gen que me predispone a la agresividad. Acaso puedo decirle a mi jefe que la causa de mi baja productividad de debe la conexión sináptica de turno. Por suerte, ya casi nadie intenta contestar estas mundanas preguntas en Dios o la madre casualidad, todos sabemos dónde hallar las respuestas… Ahora, la diferencia estriba en qué hilos debemos tocar en ese mundo oscuro que pende sobre nuestros hombros para influir en nuestra vida emocional.
Es sorprendente, pero la mayoría de los pacientes que acuden a mi consulta, cuando les pregunto si conocen cuál es la orientación psicológica con la que trabajo, suelen exclamar: “¡Ah!… ¿Pero es que hay más de una!”. Pues sí, no es que halla más de una, es que hay más de cien, aunque las más significativas se agrupen en un puñado. Gracias a Woody Allen y al señor Freud, la más conocida es el psicoanálisis, pero hay otras de renombre como el análisis transacional, las terapias breves, Gestalt, rogeriana, transpersonal y un largísimo etcétera. No creo que exista una orientación que valga para todo el mundo por igual y que sea mejor que las demás en todas sus facetas, cada persona y terapeuta ha de estudiar cuál se adapta mejor en cada caso concreto. Queda pendiente un artículo más pormenorizado que ahonde en las peculiaridades de cada orientación, pero en esta ocasión nos centraremos en la terapia cognitiva.
La terapia cognitiva puede o no estar dentro de otro modelo más amplio: la terapia cognitivo-conductual. Al final de este artículo, comentaré por qué ésta última es, a mi juicio, la mejor opción. De entrada, señalar que en la actualidad éste es el modo de trabajo al que mayor número de terapeutas está vinculado.
Volvamos a lo que nos ocupa. No cabe duda de que tanto la Genética como la Neurología tienen aportaciones realmente valiosas y de que sus mayores virtudes están por llegar, y es ahí donde entra la terapia cognitiva. Algún día, para bien y para mal, bastará realizar una indolora y breve intervención con un láser sobre nuestro cerebro para que una persona que tiene miedo a los espacios abiertos deje de tenerlo. Algún día, los fármacos tendrán menos efectos secundarios y nos permitirán dejar el alcohol en veinticuatro horas. Algún día, claro que sí, se comercializarán cedés que escucharás mientras duermes, dotándote de los recursos de afrontamiento necesarios para no deprimirte cuando tu pareja te abandone. Como siempre, a estos avances le seguirán nuevos obstáculos, pero no hay que ser temerosos: cuando éstos lleguen, ya se verá cuál es la forma más efectiva de solucionarlos. Pero hoy, hoy no se puede hacer nada de eso, el tiempo apremia y no tiene sentido que algo tan importante como nuestra felicidad lo dejemos en manos de un futuro del que, aunque certero, desconocemos cuándo se hará realidad. Estoy seguro de que la orientación cognitiva no es una opción perfecta, pero hoy por hoy es una de las mejores armas que tenemos para alcanzar lo que todos anhelamos.

Yo, mi, me, conmigo. Pienso, luego decido

Lo importante no es saber las cosas, sino saber hacérselas llegar a la gente. Hace ya mucho tiempo que Epícteto adivinó que no eran las circunstancias las que mermaban nuestra alma, sino nuestros pensamientos. Ése el fundamento central de las terapias cognitivas: somos creadores de significados, inventamos realidades subjetivas a partir de las realidades objetivas. ¿Cómo saber de qué tipo es cada realidad? Sencillo: las realidades objetivas generan de manera universal la misma respuesta en todos los sujetos que la contemplan. Si dejas caer una piedra en la Tierra, no importa que lo hagas contento o triste, en Madrid o en Madagascar, solo o acompañado… la realidad de la gravedad hará que esa piedra caiga. La gravedad determina la consecuencia que le seguirá a ese acontecimiento, y “determinante” es la palabra clave. “Determinante” quiere decir que las consecuencia no pueden ser distintas a las que son siempre, por eso decimos que es determinante. Si esa piedra que la gravedad tiene la gracia de precipitar descendentemente cae sobre tu pie, podemos afirmar igualmente que ese impacto causará algún grado de dolor en tu sensible dedo meñique, por lo que seguiríamos manteniendo que una piedra que cae desde una distancia de un metro sobre tus pies desnudos determinará algún grado de dolor. En cambio, si cogemos a cien personas y a las cien les caen del cielo una piedra sobre su pie causándoles dolor, ¿reaccionarán todas por igual? Siempre que a esta pregunta, sea en el contexto que sea, le siga una respuesta negativa, podemos afirmar sin temor alguno que esa realidad no es determinante.
Entonces, ¿porqué cien personas de la misma edad y que tienen la misma mala suerte de que les caiga una piedra en su mismo pie izquierdo reaccionan de formas tan dispares? Sabemos que algunos se pondrán a insultar al cielo, otros se culparán por no haberla visto venir, otros desarrollarán ansiedad ante la idea de tener que caminar por lugares abiertos y otros sencillamente concluirán que han tenido mala suerte e intentarán aprender de la experiencia.
Misma situación, distintas emociones. Distintas emociones, motivaciones dispares. A motivaciones distintas le seguirán conductas distintas que tendrán consecuencias distintas, que generarán nuevas realidades objetivas y subjetivas, y vuelta a empezar. Y todas estas atractivas diferencias que nos hacen únicos ¿por qué?… Porque cada persona tiene su manera particular de interpretar las realidades, creando un mundo paralelo de infinitas posibilidades.

Si quieres conocer a alguien, no le preguntes por su realidad, sino por cómo percibe su realidad

Normalmente decimos que tal situación nos genera tal emoción, pero, como estamos viendo, esto no es así, porque para que fuera así, esa situación debería generar inevitablemente los mismos cambios emocionales. Por tanto, si estamos de acuerdo con lo expuesto, no tendrían sentido las siguientes afirmaciones: “Estoy triste porque me han despedido del trabajo”; “Estoy cabreado porque me han pinchado la rueda del coche”; “Estoy nervioso porque tengo que ir al médico”; “Estoy insatisfecho porque no puedo tener hijos”. Para que estas conclusiones fuesen ciertas, todos los que están en paro deberían estar tristes y todos los que van al médico, nerviosos, cuando no es así. Y aunque así fuera, tendrán que estar igual de tristes, el mismo tiempo y con la misma frecuencia para poder mantener que esas situaciones son determinantes. Es cierto que la muerte de un ser querido determina que todos experimentemos tristeza, pero es muy distinto estar triste un mes que diez años, es distinto que esa tristeza te deje inapetente a que te suicides, es distinto que llores de vez en cuando y estés desganado a que estés todo el día desganado y llorando; por tanto, incluso en las situaciones más universales, queda cierto margen para la creación de realidades subjetivas.
No son las anteriores situaciones las que generan las emociones, sino nuestra interpretación sobre ellas, manifestadas sobre todo a través de pensamientos e imágenes. De esta forma, la persona que se pone triste al ser despedido es porque está haciendo algún tipo de atribución interna, estable y global sobre sus capacidades, del tipo: “No hago nada bien, es culpa mía, soy mediocre, un incompetente”. El que se pone nervioso al tener que acudir al médico está realizando algún tipo de anticipación catastrofista: “Me van a descubrir un cáncer, será incurable, sufriré y finalmente me acabarán comiendo los gusanos”. El que se cabrea porque le pinchan la rueda de su coche realiza una atribución externa cargada de intencionalidad y maldad: “El mundo está lleno de bastardos, si bajas la guardia en este mundo hostil estás perdido, pero ya les pillaré, ya les pillaré a esos cabrones”. El que no soporta el hecho de no poder tener hijos probablemente esté magnificando las consecuencias, además de mostrar intolerancia a la frustración: “No es justo, no debería de sucederme esto a mí, no me lo merezco, esto es horrible y nunca podré ser feliz si no consigo lo que deseo”. Visto lo visto, lo que verdaderamente es determinante son los pensamientos.
Es por todo esto que en las terapias cognitivas es fundamental el uso de registros, formatos normalmente en papel donde debe dejarse constancia no sólo de las situaciones que creemos nos lastiman, sino de cómo las interpretamos, pues es en esos pensamientos donde se hallan los hilos que podemos manipular para variar nuestros sentimientos. Las dos columnas finales, las conductas y consecuencias, nos aportan la información necesaria para la parte conductual de la terapia.

Las situaciones nos influyen, los pensamientos nos determinan

Y es una suerte que sea así, porque mientras que las situaciones a menudo son ajenas a nuestra voluntad, no así los pensamientos que moran nuestras cabezas y que pueden ser cambiados por otros más adaptativos, empíricos y realistas.
A menudo, se confunde la reestructuración (una de las herramientas de las terapias cognitivas) con el optimismo, creyendo que reestructurar consiste en ver el mundo de color de rosas. Yo suelo decir a mis pacientes que si ellos quieren distorsionar la realidad viéndola más bonita de lo que es ahí yo no entro, mi objetivo es introducir pensamientos realistas, no optimistas. Por ejemplo, si una persona es peculiarmente fea según los cánones sociales imperantes en un momento puntual de la evolución, no les animo a que se digan que son guapos, sino a valorar objetivamente cuánto de feos son y, sobre todo, por qué esa relativa fealdad debería condicionar su vida tanto como dicen.
A estos pensamientos que condicionan el color con el que vemos la vida se les llama PAN (pensamientos automáticonegativos). Lo normal es que después de explicar a los pacientes la importancia de registrar los pensamientos, a la siguiente sesión vengan sin los correspondientes registros. Los motivos son varios: “No he tenido tiempo”, “No creo que sea tan importante”, “Lo he hecho de cabeza” y, sobre todo, “No he pensado nada”. Estos pensamientos son automáticos y no requieren de la conciencia para aparecer, al igual que podemos cambiar las marchas de nuestro coche sin mandarnos mensajes explícitos para ello. No es fácil descubrirlos la primera vez que lo intentamos, pero con horas de entrenamiento nos convertiremos en unos expertos cazándolos. Decir que no hay pensamientos sería como afirmar desde la superficie que no hay peces en el agua.
Otro de los reproches que suelen hacerme es que no todo el mundo que piensa de una forma manifiesta exactamente la misma respuesta. Es cierto, no sólo es importante lo que piensas, sino cuánto te crees lo que piensas. El grado de creencia que le otorgamos a un pensamiento es una variable imprescindible en la terapia. De hecho, las personas que padecen TOC (trastorno obsesivo compulsivo) no suelen diferenciar pensamiento de acción, obsesionándose con pensamientos que consideran impuros o peligrosos y que sólo por tenerlos le condenan a ejecutarlos. ¿Quién no ha deseado en su época de estudiante tirar un globo de agua a un profesor? ¿Quién no sueña con mandar al garete su trabajo? Casi todos nosotros hemos tenido estos pensamientos, pero muy pocos los hemos llevado a la práctica, al carecer del peso mínimo necesario para pasar la frontera de los deseos a los actos.
Por tanto, lo crucial no son las situaciones, sino qué pensamientos generamos a partir de ellas, cuánto nos lo creemos y con qué frecuencia se repiten. Hoy por hoy, las personas sólo son juzgadas por sus actos, no por sus pensamientos, y lo que va a hacer que un pensamiento dé el salto de la cabeza a la conducta, entre otros motivos (predisposiciones genéticas, condicionamiento clásico, etc), es el grado de credibilidad que le otorgamos.
Si afinamos un poco más, el postulado central nos quedaría: “Sentimos según nos creemos lo que pensamos”.
Pero, ¿por qué pensamos como pensamos?, ¿por qué me creo más o menos un pensamiento?

Las distorsiones cognitivas de Aaron T. Beck

Las distorsiones cognitivas son errores en el proceso de la información que todos cometemos, siendo la frecuencia en su uso la variable a tener en cuenta. Puesto que son distorsiones, son falsas, y cuando nos demos cuenta de su presencia, nos convendría cambiar el pensamiento por otro más realista:
– Pensamiento dicotómico: ver las cosas como blancas o negras, todo o nada. “Soy un inútil”, “No valgo”.
– Generalización: sacar una conclusión global a partir de un dato aislado: “Soy mal estudiante por haber suspendido matemáticas”, “Soy torpe porque he suspendido siete veces el carné de conducir”.
– Adivinación del pensamiento y del futuro: saber lo que piensa la gente o lo que va a suceder antes de que suceda: “Seguro que suspenderé”, “Debe pensar que soy tonto por cómo me mira”, “Mi matrimonio no va a funcionar”, “Lo ha hecho por fastidiar”.
– Etiquetación: es una generalización más extrema y despectiva: “Soy idiota”.
– Debería: en vez de me gustaría. Exigir a uno mismo y a los demás cómo tienen que ser las cosas, generando rabia y frustración cuando no se cumplen nuestras expectativas: “No debería saltarse el semáforo”, “Debería haberme dado cuenta antes…”, “La gente tiene que ser puntual”.
– Razonamiento emocional: dar credibilidad a una emoción por el simple hecho de tenerla: “Si siento que Juan me va a traicionar por algo será”.
– Magnificación y minimización. Magnificar mis errores y minimizar mis éxitos, y lo contrario con los demás: “Es horrible que haya suspendido…” junto a “No te preocupes María, sólo es un examen”. “He aprobado por suerte” junto a “Enhorabuena María por aprobar”.

Las ideas irracionales de Albert Ellis

Una vez aclarado que sentimos según pensamos, la siguiente pregunta es, ¿y por qué pensamos como lo hacemos? Los niños al nacer, al margen de las predisposiciones neurológicas y genéticas, vienen en tábula rasa, no tienen opiniones definidas sobre el incesto, las políticas socialistas, la verdad, la amistad, el bien o el mal. Es a través de los ojos de los demás, especialmente de las figuras significativas, pero también a través de otros familiares, profesores, amigos y medios de comunicación mediante los que van formando sus constructos personales, sus patrones de pensamiento. Básicamente, consiste en un aprendizaje por imitación y repetición, en el que el niño toma por cierto, como no puede ser de otra forma en esa etapa acrítica del desarrollo, lo que sus superiores le transmiten como cierto. Así es como se comienzan a crear las creencias nucleares sobre uno mismo y los demás.
Los pensamientos automáticos negativos (PAN) tienen señores a los que obedecer. Podríamos decir que mientras estos pensamientos son los soldados que luchan en el campo de batalla, los esquemas nucleares son los presidentes y altos mandos que operan desde la clandestinidad el futuro de la nación. Mientras que los pensamientos son conscientes, las creencias nucleares son inconscientes. Mientras que los pensamientos son relativamente fáciles de cambiar, la rigidez de las creencias es una de sus principales características. Por tanto, estas creencias son estables, impermeables y difíciles de modificar. Los pensamientos son la puerta de entrada al mundo inconsciente de las creencias básicas, que son las que realmente mueven los hilos de nuestro mundo emocional. Los PAN son meros intermediarios entre las oscuras zonas del cerebro y las más accesibles y perceptibles áreas del cuerpo. Como en los mejores ejércitos, la jerarquía de mando está bien delimitada: las creencias son el jefe del Estado Mayor, que desde su protegido y escondido despacho ordena a sus sargentos, los pensamientos, que hagan llegar y ejecutar sus órdenes al extenso número de bobalicones soldados, creando las distintas reacciones emocionales, motoras y fisiológicas.
A estas creencias centrales a través de las cuales contemplamos la realidad se las ha llamado de distintas maneras, según la orientación y el autor. Albert Ellis las llama ideas irracionales. Las agrupó en once ideas irracionales sacadas de la población occidental, aunque siempre enfatizó que éste era un número arbitrario. Debido al papel de excepción que tienen estas ideas irracionales en el sufrimiento emocional de las personas, se requeriría de un artículo dedicado en exclusividad a ellas; aquí sólo las mencionaremos y daremos alguna escueta pincelada de por qué son irracionales:

* Idea irracional Nº 1: es una necesidad extrema para el ser humano adulto el ser querido y aprobado por prácticamente cada persona significativa de su comunidad.
Aunque es deseable obtener la aprobación de los demás, ésta no es necesaria, pudiendo vivir sin ella sin por ello ser catastrófico. Además de imposible esta aprobación universal, su búsqueda nos quita tiempo de otras actividades más prácticas y constructivas.
* Idea Irracional Nº 2: para considerarse uno mismo valioso se debe ver muy competente, suficiente y capaz de lograr cualquier cosa en todos los aspectos posibles.
No se puede ser totalmente competente y destacar en todos los aspectos o en la mayor parte de ellos. La persona que cree tener la obligación de tener éxito no sólo está desafiándose a sí mismo, sino que se estará comparando constantemente con los demás y luchando por ser el mejor.
* Idea Irracional Nº 3: cierta clase de gente es vil, malvada e infame, y deben ser seriamente culpabilizados y castigados por su maldad.
Las personas somos una suma de aprendizajes, condicionamientos y predisposiciones, no tiene lugar la maldad. Las personas no deben actuar como yo creo que deben actuar, y esta ley también es aplicable a mi persona.
* Idea Irracional Nº 4: es tremendo y catastrófico el hecho de que las cosas no vayan por el camino que a uno le gustaría que fuesen.
No hay ninguna razón para creer que las cosas deberían ser de forma diferente a lo que son, al margen de lo injusta o desafortunada que sea la situación actual de cada uno. En cambio, sí hay razones, los hechos mismos de la realidad, para que las situaciones desagradables sean como son. Es normal que esto no nos guste y nos entristezca, pero estar constantemente perturbado porque la realidad es la realidad es absurdo.
* Idea Irracional Nº 5: la desgracia humana se origina por causas externas y la gente tiene poca capacidad, o ninguna, de controlar sus penas y perturbaciones.
Yo soy el máximo responsable en la gestión de mi felicidad, lo que sucede es que a menudo no lo intento o lo hago de manera imprecisa, descuidada y torpe.
* Idea Irracional Nº 6: si algo es o puede ser peligroso o temible, se deberá sentir terriblemente inquieto por ello, deberá pensar constantemente en la posibilidad de que esto ocurra.
Un exceso de preocupación no sólo no hará que las cosas no ocurran, sino que nos dejará en peor disposición para encontrar la mejor manera de afrontarlas.
El inquietarse por una situación peligrosa a menudo lleva a exagerar las posibilidades de que eso ocurra.
* Idea Irracional Nº 7: es más fácil evitar que afrontar ciertas responsabilidades y dificultades en la vida.
Esto sólo sucede cuando nos centramos en las ventajas a corto plazo, pero a menudo la evitación suele ser una hipoteca mucho más asfixiante. La confianza de uno mismo surge de hacer algo, no de evitarlo.
* Idea Irracional Nº 8: se debe depender de los demás y se necesita a alguien más fuerte en quien confiar.
Es normal ser lago dependientes en esta sociedad, pero seamos colaboradores, no serviles. Cuanto más dependiente se sea, se tenderá a serlo más todavía y más inseguros nos sentiremos.
* Idea Irracional Nº 9: la historia pasada de uno es un determinante decisivo de la conducta actual y algo que ocurrió una vez y le conmocionó debe seguir afectándole indefinidamente.
Una cosa que es verdad en una circunstancia no tiene porque ser verdad en todas las circunstancias. Aunque el pasado es influyente, ya que el presente es el pasado del mañana, nos convendría centrarnos en él.
* Idea Irracional Nº 10: uno deberá sentirse muy preocupado por los problemas y las perturbaciones de los demás.
Debemos diferenciar influir y tomar medidas en la sociedad, con creer que cada problema de cada persona de esta sociedad es nuestro problema. Si alguien hace algo que creemos que está mal, ayudémosle a verlo de otro modo, pero no nos preocupemos por como lo ve.
* Idea Irracional Nº 11: invariablemente existe una solución precisa, correcta y perfecta para los problemas humanos, y que si esta solución perfecta no se encuentra sobreviene la catástrofe.
Esta búsqueda de seguridad, control absoluto y verdad perfecta son imposibles. Vivimos en un mundo de probabilidades y suerte, lo mejor es aceptarlo. No hemos de esperar a estar completamente seguros para tomar una decisión, o nunca la tomaremos.

Reestructuración cognitiva

Ya hemos hablado de que existen distintas orientaciones psicológicas, entre las que se encuentra la orientación cognitivo-conductual, pero además el enfoque cognitivo se subdivide en una extensa ramificación de modelos, como la terapia centrada en esquemas, inoculación al estrés, narrativa, de valoración cognitiva, constructor personales, de valoración lingüística, posrracionalista, etcétera.
A continuación, expondré los pasos habituales a seguir en el uso práctico dentro de la terapia de la reestructuración cognitiva. Insisto en que éste es el formato estándar, pero que hay más técnicas que pueden utilizarse en la reestructuración cognitiva.

1. Puesto que sentimos según pensamos, el primer paso es registrar por escrito aquellos pensamientos relacionados con nuestros estados emocionales y conductuales negativos. Es normal que a pesar de que los registros son la piedra angular donde se sustentará el resto de la reestructuración, los pacientes no los realicen alegando que no son tan importantes, se les ha olvidado, no han tenido tiempo, lo han hecho de cabeza o no han encontrado ningún pensamiento. Tomar conciencia de los pensamientos que dirigen nuestra vida no es fácil y requiere de tiempo y práctica, por eso se les llama a éstos pensamientos automáticos negativos, porque suceden muy rápido y sin la participación activa de la conciencia, lo que claramente obstaculiza su detección. En cualquier caso, no siempre hay que encontrar el pensamiento, sino lo que creemos que podría ser el pensamiento. En aquellos casos que después de mucho intentarlo no localicemos el mensaje que dirige nuestra conducta, buscaremos pensamientos que podrían estar detrás de esas conductas, tratándolos como hipótesis que se irán refutando o no.
2. Una vez que tenemos el o los pensamientos negativos, valoramos cuánto nos lo creemos en una escala de cero a cien.
3. Se buscan distorsiones cognitivas e ideas irracionales.
4. Contraste empírico: consiste en buscar hechos a favor y en contra del pensamiento que se está analizando. La palabra clave aquí es “hechos”. El objetivo de esta técnica es no permitirnos dejarnos llevar por ideas preconcebidas a las que les concedemos una gran veracidad simplemente porque son nuestras o nos las han dicho personas significativas, nos las llevamos diciendo toda la vida o queremos pensar así porque nos gusta identificarnos con ese pensamiento. Yo puedo creer que tal delantero de un equipo de fútbol es el mejor o que tal tienda de ropa de una señora que nos cae fatal no vende, pero lo importante no es lo que creamos ni queramos creer, sino cuántos goles mete ese delantero en comparación con el resto de jugadores y cuánto factura la bruja de la tienda.
5. Contraste adaptativo: aquí lo importante no es si nuestra forma de pensar es la correcta o no, sino qué utilidad tiene, a qué fines sirve. ¿Nos ayuda a estar más a gusto con nosotros mismos y con quienes nos rodean o, por el contrario, nos lastima? La verdad se convierte en un medio, no en un fin, ya que se entiende que el fin último al que debe aspirar un ser humano es a la felicidad. Por ejemplo, el pensamiento de que todos vamos a morir es una creencia empíricamente cierta, pero ¿de qué te sirve estar repitiéndotelo todos los días a todas horas? ¿Acaso no vas a morir cuantas más veces te lo repitas? ¿Obsesionarse con tu certera muerte hará que disfrutes más de tu vida o menos?
No consiste en engañarse, sino en saber dónde centrar la atención. Porque centrar la atención en algo doloroso que no se puede cambiar es bastante estúpido; comprensible, pero no por ello menos estúpido. Por mirar de vez en cuando a otro lado a nadie se le va a olvidar que se va a morir, simplemente no deja que esa idea se adueñe de su vida. Por tanto, no consiste en negar la creencia de que todos vamos a morir, lo cual, además de falsear la realidad, sería un desperdicio de información, sino en dilucidar cómo podemos hacer algo constructivo con ella, por ejemplo, relativizar más los problemas, vivir más intensamente el presente, no dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy, disfrutar de las relaciones sociales y cualquier otra cosa en lo que el concepto de muerte pueda ayudarnos a vivir mejor.
6. Pensamientos alternativos: una vez pasado el pensamiento a estudio por las distintas fases que acabamos de comentar, buscamos un pensamiento alternativo que refleje de una forma más realista, empírica y razonable la realidad, y puntuamos de cero a cien cuánto nos lo creemos. Lo normal es que al principio nos creamos más el pensamiento negativo original que el recién estrenado alternativo. No hay más truco que repetirse una y otra vez ese pensamiento alternativo hasta que forme parte natural de nuestro repertorio psicológico. Los pensamientos negativos se instauraron por repetición, así que los nuevos habrán de seguir el mismo proceso.

Aquí acabaría la parte cognitiva estrictamente hablando, pero mientras que los pensamientos son los que nos dan la fuerza necesaria para acercarnos a nuestros miedos, es la exposición gradual y jerarquizada la que hará que éstos desaparezcan cuando abramos los ojos. Y es por esto que la orientación cognitivo-conductual es una de las más completas actualmente.

Un acto vale más que cien palabras, pero a menudo necesitamos decirnos cien veces esas palabras para llevar a cabo ese acto

A estas alturas, la mayoría de psicólogos cognitivos tienen la humildad de reconocer que la compleja máquina que es el ser humano no puede explicarse y cambiarse exclusivamente a través de la orientación cognitiva. Un enfoque multidisciplinar es el único que puede dar una aproximación sensata a los interrogantes que acompañan a esta curiosa especie. Sentimos según pensamos, no cabe duda, pero también según nuestra amígdala, el ADN, los condicionamientos y tantos otros desconocidos.
Lo bueno de las terapias cognitivas es que el cambio empieza en nuestra propia casa. Sólo hay que aprender unas nociones básicas de carpintería y ponerse manos a la obra, sin recetas, sin esperas ni falsas promesas. En nosotros está el problema… y en nosotros, la solución. ¡Una noticia realmente esperanzadora!

Rafael Romero Chico

MÁS INFORMACIÓN:
ROMERO CHICO, RAFAEL; Diario terapéutico de un extraterrestre (guía para humanos), Ediciones Corona Borealis, 2008 (www.coronaborealis.es).
fuente:larevista
http://coronaborealis.es/revista-coronaborealis/index.php/component/content/article/73-sentimos-segun-pensamos

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