LAS EMOCIONES

LAS EMOCIONES
‘Son buenas todas aquellas emociones que le refuerzan y le elevan; es
inconveniente aquella emoción que sólo se apodera de una parte de su ser y lo
distorsiona’.
Rainer M. Rilke
LAS EMOCIONES
Las emociones son fuerzas muy poderosas, tienen una gran energía y son el motor
más importante de la conducta del ser humano. En otras palabras, la mayor parte de la
veces, lo que hacemos esta determinado más por nuestras emociones que por la razón.
En ocasiones nuestros sentimientos nos asustan y los reprimimos o los ignoramos y
lo que ocurre es que adquieren más fuerza, se esconden en el depósito del subconsciente
y desde allí nos neurotizan o nos enferman. Y de repente, sin saber por qué, afloran a la
superficie y pueden abrumarnos y hacernos sufrir.
Cuando una emoción se presenta es muy importante reconocerla, contemplarla,
sumergirnos dentro de ella para descubrir su significado.
EL VASTO Y MISTERIOSO MUNDO DE LAS EMOCIONES
La emoción es definida como un ‘estado de ánimo que se caracteriza por una
conmoción orgánica, producto de sentimientos, ideas o recuerdos, y que puede
traducirse en gestos, actitudes, risa, llanto, etc.
La palabra emoción proviene del latín motere (moverse). Es lo que hace que nos
acerquemos o nos alejemos a una determinada persona o circunstancia. Por lo tanto, la
emoción es una tendencia a actuar, y se activa con frecuencia por alguna de nuestras
impresiones grabadas en el cerebro, o por medio de los pensamientos cognoscitivos, lo
que provoca un determinado estado fisiológico en el cuerpo humano.
Charles Darwin fue el primer científico en señalar que las emociones se han
desarrollado, en su origen, con el propósito directo de preparar a los animales para la
acción, en especial en una situación de emergencia. (THE EXPRESSION OF
EMOTIONS).
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EL PROCESO EMOCIONAL
Las sensaciones físicas acompañan a nuestras emociones y sentimientos. Cada
emoción está vinculada a elementos fisiológicos precisos: tanto la respiración como
el tono muscular, el pulso cardíaco, la presión arterial, la postura, los movimientos y
las expresiones faciales.
Las sensaciones son ejemplos de excitación: la transpiración y el rápido ritmo
cardíaco del temor, la sensación de falta de sentimientos o de muerte cuando rechazamos
o perdemos algo que apreciábamos.
Las pautas fisiológicas o musculares habituales comienzan a determinar por sí
mismas los estados anímicos.
Los elementos de una emoción son, pues:
1) Una situación, que genera sentimientos, ideas o recuerdos.
2) El estado de ánimo consiguiente.
3) La conmoción orgánica expresada en gestos, actitudes, risa, llanto…
4) El comportamiento subsiguiente.
Estamos siempre constituidos, en la vida familiar, en el trabajo y en cualquier
otra circunstancia, por tres elementos: las emociones primarias, las relaciones
afectivas y las representaciones simbólico / racionales.
Hay dos tipos de procesos que afectan nuestro equilibrio emocional: los internos,
donde el flujo y el reflujo de los neurotransmisores eleva o baja la excitación, y los
externos, las interacciones con el ambiente, incluidos los intercambios con otra gente.
Pero conviene recordar que cuando usted dice: ‘Fulano me sacó de quicio’,
supone que la emoción es el resultado directo de un hecho externo: lo que alguien
hizo. Usted toma conciencia de la emoción, pero no de la interpretación automática de
lo sucedido. No es posible reaccionar directamente a un hecho determinado, salvo en
circunstancias de peligro; con esta excepción, antes de reaccionar ante un hecho
tenemos que interpretarlo. Los sentimientos no surgen hasta tanto la mente no haya
captado lo que sucedió, y decidido su significado. Esa tarea es realizada por la mente
empírica, y la lleva a cabo tan automáticamente, que no nos percatamos de que la
mente está funcionando. Todo lo que sabemos es que reaccionamos emotivamente a
algo que sucedió.
Los terapeutas cognoscitivos, como Aarón Beck, Albert Ellis y Donald
Meichenbaum, insisten, por eso, que en muchas circunstancias son los pensamientos
los que determinan los sentimientos. (COGNITIVE, HUMANISTIC PSYCH., STRESS
INOCULATION).
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Pero también es cierto que las respuestas emocionales, en su mayoría, se generan
inconscientemente. Freud tenía razón cuando describió la conciencia como la punta del
iceberg mental.
Conviene señalar que los sucesos sin carga emocional, como los
pensamientos, no desplazan tan fácilmente a las emociones (por lo general, no basta
con desear que la ansiedad y la depresión desaparezcan para que así suceda).
LA FUERZA DE LAS EMOCIONES
Cuando las personas buscamos situaciones como ir al cine, a los parques de
atracciones, comer bien, beber o consumir drogas, lo que estamos haciendo es buscar
recursos que pongan en marcha estados emocionales determinados.
Tenemos poco control sobre nuestras reacciones emocionales. Cualquiera que
haya tratado de fingir una emoción, o que haya percibido esto en otros, sabe que es una
tarea inútil. La mente tiene poco control sobre las emociones, y las emociones pueden
avasallar la conciencia.
Finalmente, cuando las emociones aparecen, se convierten en importantes
motivadores de conductas futuras, y no sólo influyen en las reacciones inmediatas,
sino también en las proyecciones futuras. Pero asimismo pueden ocasionar problemas.
Cuando el miedo se torna ansiedad, cuando el deseo conduce a la ambición, cuando la
molestia se convierte en enojo, el enojo en odio, la amistad en envidia, el amor en
obsesión, el placer en vicio, nuestras emociones revierten en contra nuestra. La salud
mental es producto de la higiene emocional, y los problemas mentales reflejan en gran
medida trastornos emocionales.
Por otro lado, las alteraciones emocionales afectan, tanto en niños como en
adultos, la atención y la concentración, dañando la capacidad intelectual.
‘La buena nueva es que aunque no podamos evitar que aparezcan las emociones
negativas, sí podemos impedir que arraiguen’.
Dr. Thomas A. Harris
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EL VALOR DE LAS EMOCIONES
Las emociones definen quiénes somos, tanto desde el punto de vista de nuestra
propia mente como desde el punto de vista de otros. ¿Puede haber algo más
importante que entender lo que nos pone felices o enojados, nos entristece, nos da
miedo o nos deleita?
¿Por qué muchas veces nos resulta imposible entender nuestras emociones?
¿Tenemos control sobre ellas, o son ellas las que nos controlan a nosotros?
¿Podemos tener reacciones emocionales inconscientes y recuerdos emocionales
inconscientes?
¿Se pueden borrar los recuerdos emocionales, o son permanentes?
Nuestras emociones pueden proporcionarnos INFORMACIÓN VALIOSA sobre
NOSOTROS MISMOS, sobre OTRAS PERSONAS y sobre determinadas situaciones.
El haber descargado nuestro mal humor sobre un compañero de trabajo puede
indicarnos que nos sentimos abrumados por un exceso de trabajo. Sentir ansiedad ante
una próxima exposición puede ser una SEÑAL de que necesitamos preparar mejor
nuestros datos y cifras. La frustración ante un cliente podría indicar que nos convendría
encontrar otras formas de transmitir el mensaje.
Si escuchamos la INFORMACIÓN que nos proporcionan las emociones, podremos
modificar nuestras conductas y pensamientos con el fin de transformar las situaciones. En
el caso del arranque de cólera, por ejemplo, podríamos ver la importancia de tomar
medidas para reducir nuestra carga de trabajo o para regular el proceso del mismo.
EL PROCESO DE LAS EMOCIONES
Cuando dirigimos una mirada introspectiva a nuestras emociones, las encontramos
obvias y misteriosas a la vez. Son los estados de nuestro cerebro que mejor conocemos
y que recordamos con mayor claridad. Sin embargo, a veces no sabemos de dónde
proceden. Pueden cambiar lenta o repentinamente, y las causas pueden ser evidentes
o confusas. No siempre entendemos por qué nos levantamos con el pie izquierdo.
Podemos ser agradables o desagradables por otros motivos que los que creemos que
están guiando nuestras acciones. Podemos reaccionar ante el peligro antes de ‘saber’
que estamos en una situación perjudicial. Puede atraernos la belleza de un cuadro sin
entender conscientemente qué nos gusta de él. Aunque las emociones se encuentran
en el seno de quienes somos, también parecen tener su propio ‘orden del día’, que
normalmente se cumple sin tener en cuenta nuestra participación voluntaria.
Resulta difícil imaginar la vida sin emociones. Vivimos para ellas; disponemos las
circunstancias para que nos proporcionen momentos de placer y diversión, y evitamos
situaciones que lleven a la decepción, el descontento o el dolor.
Conviene también señalar que las emociones tienen un fuerte contenido social:
ocurren entre individuos, más que en cada individuo.
MANIFESTACIONES FÍSICAS
DE LAS EMOCIONES PRIMARIAS
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Ira. La sangre fluye a las manos, y así resulta más fácil tomar un arma o golpear un
enemigo; el ritmo cardíaco se eleva, lo mismo que el nivel de adrenalina, lo que garantiza
que se podrá cumplir cualquier acción vigorosa.
Miedo. La sangre va a los músculos esqueléticos, en especial a los de las piernas,
para facilitar la huida. El organismo se pone en un estado de alerta general y la atención
se fija en la amenaza cercana.
Felicidad. Aumenta la actividad de los centros cerebrales que inhiben los
sentimientos negativos y pensamientos inquietantes. El organismo está mejor preparado
para encarar cualquier tarea, con buena disposición y estado de descanso general.
Amor. Se trata del opuesto fisiológico al estado de “lucha o huye” que comparten la
ira y el miedo. Las reacciones parasimpáticas generan un estado de calma y satisfacción
que facilita la cooperación.
Sorpresa. El levantar las cejas permite un mayor alcance visual y mayor iluminación
en la retina, lo que ofrece más información ante un suceso inesperado.
Disgusto. La expresión facial de disgusto es igual en todo el mundo (el labio
superior torcido y la nariz fruncida) y se trataría de un intento primordial por bloquear las
fosas nasales para evitar un olor nocivo o escupir un alimento perjudicial.
Tristeza. El descenso de energía tiene como objeto contribuir a adaptarse a una
pérdida significativa (resignación).
EL PODER DE CONTAGIO DE LAS EMOCIONES
Las emociones son contagiosas. Como lo expresaba el psicoanalista suizo Carl G.
Jung: ‘En la psicoterapia, aunque el médico mantenga un desapego absoluto con
respecto al contenido emocional del paciente, el solo hecho de que éste tenga emociones
ejerce un efecto en él. Y si el médico cree poder elevarse por encima de eso, comete un
grave error. No puede hacer más que cobrar conciencia de que está afectado. Si no lo
comprende así, es demasiado altanero y no entiende lo más importante’.
Lo que vale para el íntimo intercambio de la psicoterapia no es menos válido en el
taller, en la sala de directorio o en el invernáculo emocional de la vida oficinesca. Si
transmitimos con tanta facilidad los estados de ánimo, eso se debe a que pueden ser
señales vitales para la supervivencia. Nuestras emociones nos indican en qué
concentrar la atención, cuándo prepararnos para actuar. Son captadores de atención,
que operan como advertencias, invitaciones, alarmas, etc. Se trata de mensajes potentes,
que transmiten información crucial sin poner necesariamente esos datos en palabras.
Las emociones son un método de comunicación hiper eficiente.
En el grupo humano primitivo, el contagio emocional (la difusión del miedo de
persona en persona) debió de actuar como señal de alarma, concentrando
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inmediatamente la atención de todos en el peligro inminente: un tigre al acecho, por
ejemplo.
En la actualidad opera el mismo mecanismo colectivo cada vez que se divulga el
rumor de una alarmante caída en las ventas, de una inminente ola de despidos, de una
nueva amenaza por parte de cierto competidor. En la cadena de comunicaciones, cada
persona activa el mismo estado emocional en el que sigue, y así pasa el mensaje de
alerta.
Como sistema de señales, las emociones no requieren palabras, dato que, según
los teóricos evolucionistas, es uno de los motivos por los que han desempeñado un papel
tan crucial en el desarrollo del cerebro humano, mucho antes de que las palabras se
convirtieran en una herramienta simbólica para los hombres. Este legado evolutivo
significa que nuestro radar emocional nos afina con quienes nos rodean, ayudándonos a
interactuar con más facilidad y eficiencia.
LA HERENCIA GENÉTICA Y EL TEMPERAMENTO
Sin duda, crianza, educación y experiencias modelan a la persona en que nos
convertimos. Nuestra emotividad está ciertamente influida por mensajes de la infancia que
recibimos de nuestros padres, cuánto hemos sido heridos en relaciones vitales y la clase
de decisiones conscientes que hemos tomado acerca de nuestros sentimientos.
Indiscutiblemente, las experiencias de la vida pueden modelarnos en muchos
sentidos, pero no son los determinantes más importantes. La biología y la genética
parecen ser mucho más importantes. Nuestro temperamento natural pone la firma, la
marca definitiva a quiénes somos, a cómo navegamos psicológicamente a través del
mundo. Y cuando se entiende esto, se descubre que es liberador antes que lo contrario:
se sabe exactamente por qué uno se siente como se siente y lo que se debe hacer para
sentirse mejor y cómo sentirse más cómodo con aquellos que lo rodean a uno.
Cada persona hereda por el proceso genético ciertas características y tendencias
de sus padres biológicos. Algunas características están completamente determinadas.
Otras sólo reciben una influencia parcial. Por ejemplo, la estatura máxima, el color del
pelo y el color de los ojos están completamente determinados. No obstante los rasgos
emocionales, tales como laboriosidad, la hostilidad, el carácter amistoso o la valentía sólo
están influidos parcialmente por la herencia genética.
Los componentes emocionales de los padres de un niño se transmiten a éste por
los cromosomas, del mismo modo que el color de los ojos. Los niños nacen con
determinadas tendencias emocionales. Algunos son más activos, otros más pasivos.
Algunos son irritables, mientras que otros tienen más paciencia. Algunos son sumisos,
otros más dominantes. Algunos niños son cautos por naturaleza, mientras que otros
exploran más. Los trastornos tales como la depresión tienden a repetirse en los
miembros de una misma familia, aun cuando los niños no han sido criados por sus
padres biológicos. Estas tendencias básicas e innatas residen, al parecer en el sistema
límbico. No son causadas por las experiencias. Robert Plomin, un psicólogo que
trabaja en genética de la conducta, estimó que tanto como el 50% del estilo de
nuestras características de personalidad es heredado. (En gemelos idénticos, puede
ser tan alto como el 70 por ciento). Este hallazgo apoya la obra de otras
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investigadores que estudian rasgos básicos como la emotividad, el nivel de actividad, la
impulsividad y la sociabilidad usando estudios de gemelos y de familia. Empleando
complejos análisis de los datos, concluyen que muchas de nuestras predisposiciones
elementales tienen base genética y son innatas.
Los componentes emocionales, entonces, los siguientes :
• Nuestra herencia genética, que constituye nuestro temperamento.
• Nuestra crianza y las experiencias infantiles, que sumadas a lo anterior
pueden formar lo que comúnmente llamamos ‘carácter’.
• Las experiencias como adultos, y el contexto de las mismas, que pueden
fortalecer nuestras tendencias caracterológicas o debilitarlas.
Cada tipo de temperamento posee una base bioquímica que dicta predecibles
pautas y respuestas emocionales a cada situación vital.
El Dr. Melvyn Kinder sostiene: ‘La investigación científica relativa a la química
cerebral y los rasgos de personalidad heredados ahora apoya lo que por largo tiempo
sospeché: cuando uno se siente desvalido en cuanto a sus emociones, probablemente
sea porque no puede evitar sentir lo que siente. Lo que hemos descubierto sobre la
bioquímica del cerebro en los últimos pocos años tiene peso sobre la psicología. Cambia
casi todo lo que creíamos sobre las emociones. Por ejemplo: cuánto de quienes somos es
naturaleza (heredado o innato, con base biológica) y cuánto de quienes somos es crianza
(educación, amor parental y enseñanzas, ambiente social y cultural). Si bien la teoría
psicológica dominante en los pasados cien años (desde Freud) se ha centrado en la
experiencia de la temprana infancia para explicar por qué somos como somos, la nueva
investigación del cerebro proporciona precisa evidencia en una dirección muy diferente.
Los nuevos hallazgos señalan la verdadera fuente de nuestras emociones:
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• Nuestras emociones tienen orígenes biológicos.
• Cada uno de nosotros nace con un temperamento emocional innato y único
impulsado biológicamente.
• Quiénes somos y cómo reaccionamos al mundo que nos rodea está determinado
más por esos rasgos innatos que por el ambiente o nuestra crianza.
LA ESTRUCTURA DE NUESTRO CEREBRO
A pesar del proceso de crianza, de nuestro sistema educativo y de las limitaciones
sociales, las pasiones aplastan a la razón una y otra vez. Esta característica de la
naturaleza humana surge de la arquitectura básica de la vida mental. En términos de
diseño biológico para el circuito neurológico básico de la emoción, aquello con lo que
nacemos es lo que funcionó mejor en las últimas 50.000 últimas generaciones humanas,
no en las 500 últimas… y sin duda no en las cinco últimas. Las lentas y deliberadas
fuerzas de la evolución que han dado forma a nuestras emociones han hecho su trabajo
en el curso de un millón de años; los 10.000 últimos años –a pesar de haber sido testigos
del rápido crecimiento de la civilización humana y de la explosión de la población humana,
que pasó de cinco millones a cinco mil millones- han dejado pocas huellas en las plantillas
biológicas de nuestra vida emocional.
Y esto se explica, en buena medida, al examina la estructura y naturaleza de
nuestro cerebro.
EL MAPA CEREBRAL DE LA EMOCIÓN
En nuestro cerebro existen tres cortezas principales: una básica llamada
“reptileana”, una media denominada “límbica” y una avanzada llamada “neocortical”. La
corteza reptileana se encarga de las funciones básicas e instintivas como el comer,
dormir, moverse y controla las respuestas de correr, paralizarse o atacar ante situaciones
amenazantes.
En la corteza límbica se alojan dos órganos muy importantes para las respuestas
emocionales y la memoria: el lóbulo del hipocampo y la amígdala cerebelosa, ambos
encargados de almacenar y recuperar datos que ingresan al cerebro. El lóbulo del
hipocampo, llamado así por su semejanza con un caballo de mar, guarda la información
pura y simple; la amígdala cerebelosa por su parte, almacena la información con
carga emocional y es precisamente la que desencadena las respuestas “alocadas” o
“descontroladas”, pues al recibir un estimulo parte de la información llega a la amígdala
antes que a la corteza neocortical, encargada del razonamiento y dividida en dos
funciones esenciales: la imaginación y la razón.
Este sistema emocional de reacción instantánea, casi reflejo, que parece imponerse
a nuestra voluntad consciente, está bien guardado en las capas más profundas del
cerebro. Su base de operaciones se encuentra en lo que los neurólogos conocen como
sistema límbico, compuesto a su vez por la amígdala, que se podría definir como el
asiento de toda pasión, y el hipocampo. Allí surgen las emociones de placer, disgusto,
ira, miedo, y se guardan los “recuerdos emocionales” asociados con ellos.
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Este núcleo primitivo está rodeado por el neocórtex, el asiento del pensamiento,
responsable del razonamiento, la reflexión, la capacidad de prever y de imaginar. Allí
también se procesan las informaciones que llegan desde los órganos de los sentidos y
se producen las percepciones conscientes. Simplificando un poco las cosas, se podría
decir, por ejemplo, que el impulso sexual corresponde al sistema límbico y el amor al
neocórtex.
Normalmente el neocórtex puede prever las reacciones emocionales, elaborarlas,
controlarlas y hasta reflexionar sobre ellas. Pero existen ciertos circuitos cerebrales
que van directamente de los órganos de los sentidos a la amígdala, “puenteando” la
supervisión racional. Cuando estos recorridos neuronales se encienden, se produce un
estallido emocional: en otras palabras, actuamos sin pensar. Otras veces las
emociones nos perturban, sabotean el funcionamiento del neocórtex y no nos permiten
pensar correctamente.
RECONOCER LOS SECUESTROS DEL CENTRO EMOCIONAL
En ocasiones tenemos reacciones extremas que no se encuentran bajo nuestro
control, a esto se le conoce como ‘secuestro de algún centro emocional’. Es en esos
momentos cuando, por poner un ejemplo, el centro emocional del cerebro (la amígdala)
rige al centro racional. Ya bien pueden ser momentos de crisis o de gran disfrute (gritar,
reír, pegar, asustarse, etcétera.).
En el “secuestro emocional” entra un estímulo a través de nuestros sentidos, de ahí
esta información pasa al tálamo donde se traduce y la mayor parte ella pasa a la corteza
cerebral donde funciona nuestra parte lógica y racional. Es la corteza quien se encarga de
tomar la decisión ante el estímulo sensorial. Sin embargo, no toda la información pasa en
forma directa del tálamo a la corteza. Una parte más pequeña pasa directo del tálamo
a las amígdalas, lo que permite que tomemos una decisión instantánea e instintiva
antes de que nuestra parte racional logre procesar la información.
Esta relación instantánea y automática entre el tálamo y las amígdalas es la que
origina el “secuestro emocional”, y el resultado es que actuamos antes de pensar, a
veces para beneficio nuestro y otras para perjuicio nuestro. El cerebro, la corteza
racional, no puede controlar cuando se presenta una emoción extrema. Lo que sí puede
determinar es cuánto va a durar dicha emoción.
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FAMILIAS DE EMOCIONES BÁSICAS
Para la mayoría de los autores existen ocho emociones básicas, con sus
respectivas variedad de manifestaciones. Éstas son:
1. De Disgusto: enojo, mal genio, atropello, fastidio, molestia, furia,
resentimiento, hostilidad, animadversión, impaciencia, indignación, ira, irritabilidad,
violencia y odio patológico.
2. De Disfrute: alegría, felicidad, alivio, capricho, extravagancia, deleite, dicha,
diversión, estremecimiento, éxtasis, gratificación, orgullo, placer sensual, satisfacción
y manía patológica.
3. De Miedo: ansiedad, desconfianza, fobia, miedo, nerviosismo, inquietud,
terror, preocupación, aprehensión, remordimiento, sospecha, pavor y pánico
patológico.
4. De Amor: aceptación, adoración, afinidad, amabilidad, amor desinteresado,
caridad, confianza, devoción, dedicación, gentileza y amor obsesivo.
5. De Tristeza: aflicción, autocompasión, melancolía, desaliento, desesperanza,
pena, duelo, soledad, tristeza, depresión y nostalgia.
6. De Sorpresa: asombro, estupefacción, maravilla y shock.
7. De Vergüenza: arrepentimiento, humillación, mortificación, remordimiento,
culpa, pena, y vergüenza.
8. De Repulsión: aversión, asco, desdén, desprecio, menosprecio y
aberración.
Nunca se presentan aisladas, mas bien son una combinación de todas las familias
de emociones mencionadas. Por ejemplo, los celos son una combinación de enojo,
tristeza y miedo.
fuente:http://www.mental-gym.com/Docs/ARTICULO_21.pdf

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