Como los chorros del plomo


fuente:JOSÉ MARÍA ROMERA :: MARTÍN OLMOS
La esclavitud de las tareas domésticas puede llegar a ser un camino de perfección, una vía ascética que colma de satisfacciones a quien se aplica a ella con disciplina y sin tregua. Mientras para muchas personas la limpieza del hogar forma parte de esos engorrosos inconvenientes de la vida práctica, para otras constituye todo un hobby, un placer y una dedicación gustosa que llega a adquirir los rasgos de un síndrome adictivo. Más allá del deseo de mantener un ambiente acogedor en el hogar y del razonable cuidado de la higiene, la obsesión por la limpieza convierte la casa en un desafío permanente a la perfección, al esfuerzo y a la voluntad. El hecho de tener la vivienda limpia deja de ser un objetivo utilitario para presentarse como un ejercicio que conduce a la realización personal.
El brillo de los muebles devuelve, como un espejo mágico, la imagen satisfecha del triunfo. Pero al mismo tiempo pone en alerta. No hay que dormirse en los laureles. Para mantener nuestra estancia como los chorros del oro no hay que concederse el menor descanso porque las motas de polvo acechan por doquier. Como nuevas Penélopes, las amas de casa tejen y tejen a todas horas el mismo telar pues saben que la suciedad vuelve a hacer de las suyas en cuanto se baja la guardia.
Según observa la psicología, el ciclo TOC -el del trastorno obsesivo-compulsivo- convierte la limpieza doméstica en una sucesión de reiterativos rituales, aunque no siempre respondan a las mismas motivaciones. Así como para algunas personas tener la casa en perfecto estado es una manera de contribuir al bienestar de la familia, para otras representa una manera de lucirse ante el visitante o de competir con los otros en el campeonato del hogar modélico. Aunque suene a paradoja, se limpia hacia adentro para exhibirse hacia afuera. Eso explica que en muchas casas los miembros del hogar -los beneficiarios, en principio, del confort perseguido- tengan prohibido ver la tele en el salón o usar uno de los cuartos de baño: son espacios-escaparate conservados en perfecto estado de revista con el único fin de deslumbrar a los extraños.
Otras veces la obsesión limpiadora tiene más que ver con la inseguridad personal. En la medida que dominamos los objetos forzándoles a mantenerse exquisitamente aseados y en estricto orden, obtenemos la recompensa de vernos seguros. Pero eso obliga a extremar las manías de forma repetitiva para evitar los sentimientos de angustia y malestar. No es desdeñable, no obstante, el papel terapéutico que en algunos casos ejerce la limpieza de la casa. Así como hay gente que después de pesadas jornadas de trabajo llega a casa pensando sólo en el descanso, deseosa de encontrar refugio en esa ‘república independiente’ donde no debe rendir cuentas a nadie, también otros se relajan gracias a unas ocupaciones que les permiten olvidar el estrés de su trabajo ‘oficial’. Para ellos, cada pasada del aspirador es un gratificante barrido que se lleva los problemas. Frente a los contratiempos causados por una actividad laboral tantas veces enajenadora, las tareas domésticas revierten en beneficios propios. Así que tener la casa limpia como una patena puede ser duro, pero a menudo ahorra dos gastos: el de asistente y el de psiquiatra.
Pero, bromas aparte, la obsesión por la limpieza tiene unas dimensiones patológicas indiscutibles. Los aficionados a inventar palabras han acuñado el vocablo ‘cleanaholic’ para designar a estas personas -mujeres, en su mayoría- que han convertido la limpieza y el orden en una adicción tan insuperable como el alcohol, el juego, las compras o el tabaco. O tal vez más grave que el resto, pues presenta una apariencia virtuosa que la hace irreconocible como trastorno. ¿Cómo podemos censurar a alguien que aspira a hacer las cosas lo mejor posible? Es sencillo convencer a un fumador de que debe abandonar su dependencia-vicio, pero no hay modo racional de argumentarle a un ‘cleanaholic’ que, cuanto más acentúa sus manías, más cerca se halla de un cierto ideal de perfección bendecido por la cultura y, en cierto modo, por el sentido común. Estaría bueno, criticar a alguien por ser más limpio que nadie.
Hay quienes hablan del ‘síndrome del ama de casa’ puesto que, debido al tradicional reparto de papeles entre los dos sexos, afecta mucho más a las mujeres que a los hombres. Pero cada vez son más los ‘cleanaholics’ masculinos que presentan los mismos síntomas. Aunque adopte la apariencia de una pequeña manía tolerable, la obsesión por la limpieza es un devastador impulso que daña tanto a quien lo padece como a quienes -también pacientes- acaban haciendo la vida en la cocina para que no caiga ni un pelo en el resto de estancias de esa inmaculada mazmorra que alguna vez fue un hogar. Impuro, pero hogar.
http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/20091213/opinion/como-chorros-plomo-20091213.html

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