TODOS SOMOS RESPONSABLES DE TODOS


http://www.dsalud.com/saludyarmonia_numero27.htm
TODOS SOMOS RESPONSABLES DE TODOS

¿Cuántas veces, nada más sonar el teléfono y antes de levantarlo para preguntar, sabía usted ya quién le llamaba? ¿Cuántas ha soñado con alguien que hacía tiempo no veía y a la mañana siguiente se lo ha encontrado? ¿Cuántas ha sentido la necesidad de darse la vuelta y descubrir así que alguien le estaba mirando fijamente? ¿Y cuántas se ha arrepentido de no haber hecho caso a su mujer cuando le dijo que no se fiara de aquella persona por la que usted se hubiera jugado hasta el pellejo?
Recuerdo que en una ocasión tenía necesidad de contactar urgentemente con una colega peruana para concretar un trabajo para la Organización Panamericana de la Salud pero había perdido sus datos. Me surgió entonces un viaje imprevisto a México. Tomé el avión, hice trasbordo en Panamá y, a mitad de vuelo, mientras seguía preguntándome cómo localizarla, me dirigí al baño trasero. Bueno, pues, para mi sorpresa, ¡allí estaba ella! Iba igualmente a México, a un congreso de botánica médica. Y antes de que pudiera decirla nada, la oí exclamar: ¡Usted! ¡Pero si no hago más que pensar desde hace días en cómo localizarlo!
Ni en Lima, ni en Medellín, ni a través de Internet nos habíamos podido comunicar… y he aquí que, a treinta mil pies de altura, en medio del océano, teníamos la cita que no habíamos podido concertar.
¿No ha vivido usted nunca experiencias “casuales” que parecen marcadas por el destino? ¿Casualidades como las que han llevado a algunas personas a enfadarse enormemente por perder un avión… para luego enterarse, conmovidos, de que el aparato se había estrellado?
Estando en una ocasión ejerciendo como médico en el macizo del Darién -zona selvática entre Colombia y Panamá-, yo también renegué un día de mi suerte. Había salido a recorrer diversas trochas para vacunar a los colonos cuando se me echó la noche encima y me perdí en la selva. Al amanecer, cuando pude encontrar la salida, hallé a toda una familia gravemente enferma. Les traté y se salvaron. Pero, ¿qué hubiera sido de ellos si no me hubiera perdido “accidentalmente”?
¿”Coincidencias”? No creo en ellas. Sé que en el universo todo está interconectado. Algo que las culturas orientales ya explicaban hace milenios y recién empieza a reconocer hoy nuestra ciencia occidental.
La moderna Física nos habla hoy de un universo interconectado, indivisible y participativo, un universo conformado más que de causalidades de sincronicidades y en el que todas las partículas son apenas los puntos de cruce de una red de relaciones más real que la materia que tocamos. ¿Cuándo entenderá -y aplicará- eso la “ciencia” médica?
No renuncie usted a su lugar en la red universal. Porque usted está ahora mismo en donde debe estar. Así que viva intensamente cada momento y absorba toda la enseñanza que le traiga. Porque la corriente de la vida pronto le llevará a aprender, en otro lugar, una nueva lección. No desaproveche la actual.
En cuanto a la ciencia médica, un día volverá a integrar en lugar de dividir. Y abandonará su costumbre de separar la materia del espíritu, la conciencia del cerebro, la cardiología de la neurología, la medicina de su humanidad y la psicología del alma humana que decía estudiar. Porque hoy hemos llegado a separar en la práctica -obviamente, no en la teoría- hasta la salud de la alimentación. Y así, en los hospitales se mandan dietas hiposódicas, hipo o hipercalóricas, hiper o hipoproteicas… sin saber nada de nutrición.
Aún hoy, los genios de la medicina molecular pretenden reducir la vida a ecuaciones ocultas en el genoma humano. Y hasta nos siguen diciendo que la emoción o la personalidad nada tienen que ver con manifestaciones patológicas orgánicas como el cáncer. Para algunos “adalides” de la ciencia moderna, la Medicina pareciera no haber trascendido del estudio de un espécimen de fósil animal definido por el análisis de tejidos y sustancias muertas. Gente capaz de responder con más facilidad al paciente sobre lo que dice el último número de The Lancet respecto de la actividad mitocondrial de los linfocitos T de una cepa equis de ratones… que a la simple pregunta de qué debe o no comer un enfermo.
Con el bisturí de la lógica -que no el de la razón- se niegan analogías, correspondencias y sincronicidades. Y lo malo es que hasta las llamadas medicinas alternativas empiezan a quedar reducidas a un vademécum con recetas rígidas que niegan el fluir único e irrepetible de una vida que se constituye también de símbolos y sueños. ¿Cómo conciliar, pues, el arte de curar y la ciencia? ¿Cómo construir una visión viva del hombre que enferma, de la Tierra que habita, del universo que lo determina? ¿Cómo volver a mirar la Luna llena y sentir que, como todos los mares, también con ella asciende la marea de la creatividad? ¿Cómo regresar a la sabiduría sencilla del saber que sabe que en la salud cada cosa, cada órgano, cada función y sentimiento tienen su tiempo y su lugar en el concierto del cuerpo? ¿Cuándo devolver el poder al ser para concluir con esta ya interminable y ciega dependencia? ¿Cuándo vamos a aprender, también para sanarnos, la lección de la enfermedad?

DEL POTENCIAL HUMANO
lAhora y aquí son posibles todas estas cosas. No somos un número de historia clínica, ni “el del cuarto 333”, ni una neumonía, ni un cáncer. Nuestro nombre no es el de la enfermedad. No se puede asimilar la vida sólo a la visión estrecha de un complejo orden molecular. Si hay personas que se curan del cáncer es posible revertir el cáncer. Si hay un solo milagro, los milagros son posibles.
Un día, una abuela me dijo que no podía morir de ese cáncer metastásico avanzado que se la había diagnosticado porque sus nietos se habían quedado huérfanos. Y vivió, con calidad de vida, más de doce años hasta que el primero de ellos pudo hacerse cargo de sus hermanitos. En otra ocasión, una monja -ciega a causa de un inmenso e inextirpable tumor cerebral- recuperó no sólo su visión sino, con ella, todas sus funciones… inmediatamente después de una oración colectiva de los niños de las granjas infantiles en las que servía. Un adicto que vivió más de quince años en la calle es hoy un padre ejemplar y director exitoso de un reconocido centro de tratamiento y reeducación de adictos. Los sanadores que practicaban una técnica de toque terapéutico lograron inducir picos de voltaje enormes en los cuerpos de los sanados sin contacto alguno. Las manos de un sanador entrenado pueden lograr un efecto regenerador sobre la actividad enzimática de la tripsina sometida a la radiación ultravioleta similar al logrado con un campo de 13.000 gauss.
¿Y cómo todo ese inescrutado potencial humano tiene su correspondencia en el orden molecular? -se preguntará el lector-. Quizás lo entienda si le explico que muchas de las macromoléculas biológicas se comportan como cristales con efecto piezoeléctrico, que son capaces de generar una corriente eléctrica directa que actúa sobre toda la fisiología. La misma melanina -esa molécula que produce el pigmento de la piel- se comporta como un supercomputador biológico capaz de producir una vibración mecánica (fonón) a partir de un quanto de luz (fotón). Las células están equipadas con gicosaminoglicanos, polímeros biológicos que funcionan como antenas capaces de detectar señales biofísicas de mínima intensidad. Por eso la aplicación de campos magnéticos débiles pulsantes a frecuencias precisas cambian la permeabilidad selectiva de la membrana celular a ciertos iones, en función del tipo de frecuencia empleada. La célula misma fue concebida por el nobel Szent Gyiorgi como un plasma electrónico activado y su vitalidad descrita en función de la concentración de electrones por unidad de volumen. El ADN es considerado hoy, en la emergente ciencia de la Fotobiología, como un polímero complejo con capacidad de almacenar fotones o quantos de luz que se emiten coherentemente estableciendo las bases moleculares para una transmisión biofísica de información. Los tejidos en proceso de reparación emiten una radiación procedente del ADN conocida como radiación fotorreparadora. Ya en el primer tercio del pasado siglo, el investigador ruso Gurvitch había descrito la radiación mitogenética, una radiación proveniente de un tejido vegetal en proceso de crecimiento que incrementa la tasa de crecimiento de un tejido del mismo tipo.
La investigación posterior demostraría que esa radiación pasa a través del cuarzo y no del vidrio por lo que se ubica también en el rango ultravioleta del espectro.
Y no sólo las moléculas y las células tienen un potencial de comunicación a través de emisiones electromagnéticas. Como cabía esperar por las propiedades de sus propios componentes, todo el cuerpo emite y recibe señales que determinan su estatus energético. El potencial de los puntos de acupuntura cambia durante las tormentas solares en buena parte de las personas. Un órgano enfermo genera una alteración del potencial sobre ciertos puntos de la piel adscritos al órgano y descritos en la Electroacupuntura del alemán Reinhold Voll, precursor de los métodos de biorresonancia.
El potencial humano no es un simple subproducto de actividades en el plano físico-químico. Que sus emociones y su mente tengan un efecto regulador sobre la salud es una cosa pero que un hombre pueda desarrollar la habilidad de vehicular a través de su propio campo de energía una información que restablezca el equilibrio de otro ser humano, de un animal o de un cultivo de bacterias es algo bien diferente que nos debe llevar a una reformulación de nuestros conceptos de conciencia, información, energía y materia. Miles de experiencias realizadas con rigor científico hacen insoslayable emprender científicamente la consideración de este tipo de fenómenos, que rebasan con mucho el consabido argumento del efecto placebo.
Ahora bien, al margen de su utilidad en el campo de la Medicina -que nos lleva a replantear la participación del individuo en la gestación de su propia salud-, la consecuencia más importante del modo de acción de las energías sutiles, en cuanto a los hombres se refiere, es que todos somos responsables de todos. Porque todos y cada uno de los seres humanos estamos unidos por lazos sólidos, quizá invisibles pero no por eso menos reales. Aunque no seamos conscientes de ello.

Jorge Carvajal Posada

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