¿MIEDO? ¡NO HUYA DE LA VIDA!


fuente:http://www.dsalud.com/crecimiento_numero17.htm
¿MIEDO? ¡NO HUYA DE LA VIDA!

Dicen quienes se consideran expertos en Psicología del ser humano que sólo hay dos emociones: el amor y el miedo. Y que ambas son tan antiguas como la vida. Pero mientras que la primera nos permite alcanzar la felicidad, la segunda se convierte en un hándicap tremendo que nos impide no sólo gozar de la vida sino disfrutar de buena salud tanto física como mental.
Nuestro cuerpo, como consecuencia de la herencia genética, tiene registrado un fortísimo impulso de supervivencia que está grabado en cada una de sus células. Cuando las condiciones de supervivencia eran muy adversas, nuestro cerebro desencadenó toda una serie de mecanismos inconscientes tendentes a protegernos del medio hostil que nos rodeaba. Miles de años después muchos de esos mecanismos siguen activos y, a pesar de que las condiciones externas han variado sustancialmente, hay situaciones que activan determinadas áreas cerebrales que desencadenan, igual que antaño, la producción de sustancias bioquímicas que se distribuyen por el torrente sanguíneo y provocan un vasto repertorio de alteraciones emocionales.
El problema es que -la mayoría de las veces- esas energías emocionales que se generan no encuentran una fácil canalización y se quedan almacenadas produciendo bloqueos que más tarde desembocan en problemas físicos.
Esto sucede porque el enemigo contra el que tendríamos que defendernos no está fuera sino dentro. Es decir, no hay algo externo que atente contra nuestra vida sino que son procesos mentales -a veces inconscientes- los que nos hacen saltar los resortes del miedo y su consecuencia inmediata: la inseguridad.

EL LABERINTO DE LA VIDA
Desde tiempos mitológicos se consideró la vida como un intrincado laberinto que teníamos que recorrer hasta alcanzar el centro donde se encontraba el tesoro: la superación, la iluminación, la conciencia… Durante el recorrido encontrábamos obstáculos, teníamos que superar continuas pruebas, tomar decisiones y riesgos; pero, sobre todo, era necesario vencer los miedos.
Esa es, sin duda, una de las principales batallas que hemos de librar, los miedos que se manifiestan con múltiples ropajes: inseguridad, angustia, temor, fobias…, toda una serie de emociones que nos impiden avanzar entre la niebla. Cuando estos sentimientos aparecen todo adquiere una importancia extrema y la mente no encuentra salida. La mayoría de las veces la persona entra en una cadena de causas y efectos que la mantienen atrapada y confusa, incapaz de superar las circunstancias en las que se halla inmersa.

DE LA INCONSCIENCIA A LA CONSCIENCIA
Saber qué nos produce miedo, fobia, angustia o inseguridad es el primer paso para poder librarnos de ello. La pregunta a responder sería pues: ¿A qué le tengo miedo? Después hemos de recordar alguna situación en la que nos vimos asaltados por ese sentimiento, observar nuestro comportamiento, nuestras respuestas ante el estímulo, los mecanismos inconscientes que funcionan a pesar de nuestros deseos o nuestra intención.
La segunda cuestión a plantear es: ¿Cómo se manifiesta ese miedo? Además, hay que identificar en qué situaciones se reproduce.
A continuación es importante identificar la raíz de esa emoción, su origen, recordar los hechos que la hicieron surgir anteriormente e ir recorriendo el camino hacia atrás hasta encontrar la causa primera: ¿De dónde arranca ese miedo?

RECUPERAR EL TERRENO PERDIDO
Evidentemente, los miedos -cualquiera que sea su manifestación- no se superan obviándolos sino enfrentándose a ellos. Y para hacerlo hay que echar mano de dos herramientas fundamentales y complementarias que nos proporcionan nuestros dos hemisferios cerebrales. Por un lado, hay que analizar la situación desde el razonamiento y la lógica y responder a las preguntas anteriores ¿Qué…, Cómo…, Cuándo…, Dónde…? Y, por otro, potenciar la imaginación y la visualización.
Encontraremos entonces que los miedos son tan variados como las personas ya que no hablamos sólo de miedos físicos como puede ser el temor a viajar en avión o barco, a estar en lugares cerrados o excesivamente abiertos, a los insectos, a la oscuridad, a la altura o a las aglomeraciones de gente sino que se han despertado otra serie de miedos psicológicos o emocionales producto de nuestro tiempo: miedo al ridículo, al qué dirán, a no ser aceptados, a no ser queridos o valorados, al fracaso, al error, a equivocarnos, a perder nuestra imagen, a las personas que amamos o a lo que poseemos.
Una vez enfocado el problema habrá que recurrir a las capacidades de nuestro hemisferio cerebral derecho: el pensamiento positivo, las afirmaciones y la visualización. Para ello basta con imaginar los obstáculos que nos impiden avanzar para alejar el miedo de nuestra vida, planteándonos -¿qué necesito para vencer este miedo?, ¿cómo puedo superarlo?, ¿con qué herramientas cuento?- e imaginar que todo es posible.
Y es ahí donde hay que recurrir a toda la fantasía y creatividad de que seamos capaces. El hecho de recrear las imágenes o teatralizar la situación nos permitirá generar en nuestra mente escenas en las que nos “veamos” superando sin dificultad los hechos que nos agarrotaban. Y recordemos una vez más que nuestra mente es creadora y que para conseguir que todo aquello que seamos capaces de “crear” se convierta en realidad hay que empezar por dar el primer paso que consiste en saltarse los propios límites.
En cualquier caso, hay que recordar que la única manera de perder el miedo a hacer algo es precisamente hacerlo. A medida que vayamos superando situaciones iremos ganando confianza y seguridad y eso generará un estado de satisfacción que, sin duda, redundará en beneficio de nuestra salud tanto física como psicológica y emocional.

María Pinar Merino

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