Cuando el placebo funciona


Entiendo que le importe, así que nada de placebos; esta vez le daremos medicinas.” La frase sólo puede ser de un irreverente, y ese es House. El doctor más incisivo de la televisión la pronuncia cuando un hombre le exige que cure a un paciente, porque es su hermano. De acuerdo, la escena es ficción. Pero, como revelan varios ensayos clínicos desde los años cincuenta, los placebos existen, y el efecto que producen –el alivio de los síntomas o la curación de ciertos trastornos durante no más de nueve meses o un año–, también. Aunque han sido largo tiempo denostados por la sociedad y la comunidad científica, actualmente ya son muchos los profesionales que reconocen su eficacia. Eso sí, circunscrita a algunos límites.
“Placebo” viene del latín y se traduce por complacer. La palabra se utilizaba ya en la edad media para designar los lamentos que proferían las plañideras profesionales en los funerales, pero poco a poco fue empleándose en el ámbito médico, que lo ha tratado ampliamente en sus escritos. En 1811, el Diccionario médico de Hooper lo definía como “cualquier medicamento prescrito más para complacer que para beneficiar al paciente”, y actualmente, el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) explica que es una “sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia producerealmente tal acción”. Las definiciones más recientes tratan de evitar, por tanto, el acento peyorativo, pues la historia del tratamiento médico y farmacológico va de la mano de los placebos. No obstante, son ampliamente empleados en los laboratorios para comprobar la eficacia de nuevas medicinas, y afecciones como el parkinson, la ansiedad, el estrés, el vértigo, los problemas de sueño, el asma e incluso los síntomas derivados de la abstinencia por drogas pueden ser controlados con el uso de placebos.
Raúl de la Fuente-Fernández, neurólogo del hospital Arquitecto Marcide de Ferrol, resalta en uno de sus estudios, publicado en la prestigiosa revista The Lancet, que “cualquier tratamiento puede actuar como placebo, pero lo que determina si existe el efecto placebo es la respuesta del paciente”. Es decir, un placebo puede tener forma de píldora, de inyección, de jarabe, de agua con azúcar o de ungüento hecho con baba de caracol o uña de gato, como antiguamente. Todavía hay abuelas que hacen cataplasmas de pan de centeno, vinagre y sal para que no duelan los golpes. Son remedios aparentemente ineficaces que, sin embargo, han conseguido eliminar dolores y ayudar a mucha gente a sentirse mejor. ¿Por qué? La respuesta está en el convencimiento del paciente. Es una cuestión de expectativa. Si una persona confía en el poder curativo del tratamiento y está animado para llevarlo a cabo, este será más eficaz.

ANALGÉSICO NATURAL
Hablar de expectativas de beneficio implica reivindicar el papel del cerebro. Aunque aún no se sabe a ciencia cierta qué mecanismos se ponen en marcha ante el efecto placebo, con el inicio de este siglo se dio un gran paso en la investigación. A los ensayos clínicos en humanos y a la experimentación animal se sumaron avances tecnológicos que permiten captar imágenes de la mente humana. Estas técnicas de neuroimagen sugieren que el efecto placebo está relacionado con la activación de los circuitos cerebrales encargados de codificar las recompensas, ubicados principalmente en el sistema límbico. Así, por ejemplo, la administración de una pastilla –da igual su composición– a un paciente con dolor puede hacer que el núcleo accumbens (destinado también a reconocer los estímulos placenteros) libere dopamina, endorfina y opiáceos, produciendo un efecto analgésico.
Otra parte de estas conexiones neuronales analiza el valor que el individuo da a la píldora y, como explica De la Fuente-Fernández, “modula las expectativas en función de la cultura, el aprendizaje y la experiencia previa”.
Estas sustancias cerebrales (los “placebos personales”, como las denomina el doctor Albert Figueras en su libro homónimo, publicado por Plataforma Editorial) son las mismas que se generan cuando una persona consume comida, drogas o practica sexo y le reportan placer.
Los mecanismos de recompensa también se activan en estos casos, lo que produce en el sujeto mayor o menor grado de adicción. Así que “el placebo también puede llegar a ser adictivo”, asegura el neurólogo de Ferrol. Pensemos, por ejemplo, en el chupete de los bebés. Se les mete en la boca cuando lloran; les relaja por la forma de la tetilla, similar al pezón del pecho de la madre o al biberón del que extraen comida; se calman, se duermen. Y si no nos damos cuenta y no ponemos límites al uso del chupete, criaremos niños que lo piden una y otra vez cuando ya están crecidos.

SUBIR EL ÁNIMO
El efecto placebo en la medicina puede variar de unas personas a otras y es muy personal. Dice De la Fuente-Fernández que “todo depende de que el paciente esté convencido de que va a mejorar”. Mens sana in corpore sano (mente sana en un cuerpo sano) promulgaba el poeta romano Juvenal ya en el siglo I. La cita, que ha trascendido hasta nuestros días y es la filosofía de mucha gente (deportista o no), aboga por la salud mental y física y, en cierta medida, las relaciona. ¿Se puede deducir, entonces, que con el cerebro, siendo positivos, podemos superar enfermedades? Figueras escribe en Tus placebos personales que “nuestro organismo tiene una capacidad natural para aliviarnos el dolor”. En términos más científicos, Rafael Maldonado, de la unidad de neurofarmacología del hospital del Mar, apela al estado anímico para “modular la respuesta inmune”. Vamos, que cuando más a gusto nos encontremos y mejor predisposición tengamos, más efectiva será la terapia. Por eso, Maldonado considera que “el tratamiento de cualquier patología tiene que ser integral: el médico dará la pastilla, pero también proporcionará apoyo psicológico”.

UN ENGAÑO polémico
La relación entre el doctor y el paciente es, por tanto, esencial. El primero tiene que crear un clima de confianza que haga que el segundo crea lo que le dice, desee curarse y potencie su buen ánimo y su positivismo. No obstante, un requisito indispensable para que exista el efecto placebo es que el enfermo desconozca que aquel tratamiento que sigue, aquella pastilla que toma, no tiene propiedades farmacológicas intrínsecas. Es un engaño necesario para posibilitar una mejor recuperación.
Esta es la razón de que el efecto placebo sea mal considerado socialmente y en algunos círculos médicos: hay quien cuestiona sus implicaciones éticas. Maldonado cree que “en determinadas situaciones, puede ser útil su uso”. De la Fuente-Fernández lo condiciona a la llamada declaración de Helsinki, que sólo admite el placebo “si no existe tratamiento de eficacia probada con el que comparar el tratamiento en investigación, o en circunstancias muy especiales si ya existe un tratamiento probado”. El neurólogo cree que “sólo ha de emplearse si no hay alternativa mejor y los ensayos clínicos indican que es beneficioso para la enfermedad del paciente”.
En ese sentido, Ricardo Ruiz-López, director del departamento de neurocirugía del dolor de la clínica del Dolor de Barcelona, es más crítico: “El efecto placebo debería dejar de usarse como arma terapéutica en mi campo, porque puede generar una infravaloración del dolor y, por tanto, falta de auxilio a la persona enferma”. Ruiz-López circunscribe su actuación a los ensayos clínicos, algunos de los cuales se realizan para determinar la eficacia de un medicamento. Se trata a un grupo de pacientes con placebo, a otro, con la medicina, y se comparan los efectos (entre sí y con gente a la que no se le ha proporcionado nada). Las personas con placebo suelen experimentar una mayor recuperación que las que no han recibido ningún tratamiento; pero lo importante es que el medicamento demuestre más efectividad que el placebo. Para De la Fuente-Fernández, procedimientos como estos son la prueba de que el placebo funciona. “Hay medicamentos que tienen muy difícil demostrar que son superiores al placebo”, dice. El ejemplo más reciente lo tenemos en los antidepresivos, cuestionados por un estudio difundido en la prensa británica el pasado mes de febrero que concluía que su eficacia es prácticamente la misma que la del placebo. Esta conclusión fue muy criticada por numerosos jefes de psiquiatría españoles.
Carmen Pichot, doctora de la clínica del Dolor, llama la atención sobre algunas consecuencias a las que se puede llegar con el empleo de placebos. “Si funcionan en un paciente, no significa que el dolor que sufría no fuera cierto.”

El FUTURO: LAS BASES BIOLÓGICAS
Hasta ahora, las investigaciones revelan que el efecto placebo es real y lo relacionan con ciertas partes del cerebro. Actualmente, las técnicas de neuroimagen están avanzando mucho, y es previsible que en unos años podamos saber exactamente qué mecanismos se activan y cómo funcionan. “Ya podremos conocer la base biológica del efecto placebo”, anuncia Maldonado. ¿Y qué supone esto? Una “ayuda para identificarlo claramente y separarlo de la terapia farmacológica, además de la mejora en el tratamiento de algunas patologías –añade–. Minimizaremos los síntomas de algunos trastornos sin usar fármacos”.

01/06/2008
Cuando el placebo funciona
Texto de Eva Cervera
Ilustraciones de Rosario Velasco
A veces, tomar una pastilla, aunque contenga sólo azúcar, alivia ciertos síntomas. El efecto placebo existe, y la clave parece estar en el cerebro del paciente. Ahora que se empiezan a desarrollar más las técnicas de neuroimagen, podremos saber exactamente qué ocurre y qué partes resultan implicadas Palabras, manos y fe
Las primeras conclusiones de los experimentos sobre el dolor del Instituto de Tecnología de California han revelado que la palabra también puede actuar como placebo. Si a alguien se le dice que sufrirá una descarga menor que la que se le aplica realmente, la persona siente menos dolor.

Es en este campo donde se inició la investigación sobre el efecto placebo, que ahora ya se ha empleado, sobre todo, en terapias contra adicciones, el abuso de drogas y el parkinson. “Si los pacientes con parkinson pierden neuronas que fabrican dopamina, y el placebo puede liberar dopamina, su efectividad y su beneficio clínico en este ámbito son incuestionables”, afirma Raúl de la Fuente-Fernández, neurólogo del hospital Arquitecto Marcide de Ferrol.

Los estudios atribuyen hasta el 30% del efecto de cualquier terapia al placebo, aunque algunos médicos y científicos desconfían de esta cifra, pues la evolución natural de algunos trastornos podría falsear los resultados. De la Fuente-Fernández cree en las capacidades intrínsecas del cuerpo humano, pero advierte que hay que “saber ponerlas en marcha”. Esto precisamente hacen terapias médicas como la acupuntura o la homeopatía (estimulación de las defensas propias del organismo). Es importante, además, conseguir que el paciente confíe en su curación.

En cierta medida, resulta ser una cuestión de fe, llevada al extremo a lo largo de los tiempos por brujos y santeros en las sociedades más creyentes. Y es que el placebo puede ser una píldora sin propiedades terapéuticas intrínsecas, una inyección, un medicamento que en realidad está prescrito para aliviar otra dolencia o una intervención quirúrgica simulada; pero también un objeto (brazaletes, collares, piedras, cocos), un animal o el contacto físico.

No es accidental que los chamanes cojan y acaricien las manos de las personas que les piden ayuda. En la medicina llamada tradicional, hay pacientes que sienten alivio simplemente con que el doctor les haga la exploración física, basada en el descubrimiento de anomalías mediante el tacto.
http://www.magazinedigital.com/salud/psicologia/reportaje/cnt_id/1974/pageID/3

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