¿SE PUEDEN REGULAR LAS EMOCIONES?


¿SE PUEDEN REGULAR LAS EMOCIONES? (2ª parte)
Alfonso Alonso Parga Beatriz y Becerro de Bengoa. Editores y Coordinadores de la sección: Salud Mental en el Trabajo
fuente:http://www.saludmental.info. Hace pocos días, a uno de nosotros, durante una de las sesiones de trabajo con un gran profesional de la sanidad por el que existe una profunda admiración tanto personal como profesional, ocurrió algo que se repite día a día en todos los ámbitos laborales, ¡seguro que les sonará familiar!.

El día comenzó con buen humor, como siempre, y las pautas de trabajo fueron marcadas de forma habitual, cada uno se dirigió de forma independiente a desempeñar su trabajo. Pero al cabo de 3 horas, en el momento de poner en común el resultado del esfuerzo realizado, comenzó a surgir una pequeña barrera por parte de esta gran persona, y resalto gran persona porque el hecho de tener días o momentos malos no disminuye su grandeza. El buen humor había desaparecido, el trabajo era más frío, su semblante era hierático y hasta la sala parecía menos acogedora.

En este tipo de casos, la emoción suscitada por esta escena, sería de rabia, tristeza, sorpresa e incluso culpa en algunos casos dónde la persona que recibe este trato tiene la autoestima mermada. Este tipo de emoción generada no quedaría ahí, puesto que derivaría en la posterior respuesta de ataque traducida en reacción defensiva, y desmotivación, generándose un conflicto innecesario.

Pues bien, antes de dejar que alguna de estas emociones pasara a apoderarse del esplendido día, atacando la forma de actuar de mi interlocutor, y etiquetando su conducta de ilógica o algo peor, se optó por otra estrategia, preguntar. Y la pregunta fue: ¿ha pasado algo desde la última reunión hace 3 horas, hasta ahora?. Cuya respuesta afortunadamente fue sincera: Si, me ha pasado algo y continuó.

En ese momento, se cerró completamente la posibilidad de consecuencias inoportunas e inútiles para pasar a solucionar el verdadero problema, su problema.

Cuando hablamos de la emoción, estamos refiriéndonos a tres motores que entran en juego en las relaciones interpersonales y con uno mismo a tres niveles, cognitivo, neurofisiológico y conductual.

Es decir, existe una interacción entre lo que pensamos, los signos fisiológicos, lo que hacemos y lo que sentimos. En el momento en el que ocurre una experiencia que suponga un impacto en nuestro día a día, según nuestro estilo de pensamiento, nos dispone a un tipo de acción, podría ser por ejemplo,

Podemos pensar, ¡qué desastre!, seguido de una respuesta neurofisiológica como aumento de la tasa cardiaca y tensión arterial y dependiendo de la situación, la reacción conductual provocada será de huída, evitación, gritos o llanto,.
O pensar, ¡vamos a comprobar qué se puede hacer!, seguido de una misma respuesta neurofisiológica, e incluso puede que hasta las respuestas conductuales sean parecidas dependiendo de la situación.

¿Es posible que la emoción sea la misma tanto en una secuencia como en la otra? En este sentido en el primer caso, la emoción estaría impregnada de ira, rabia, dolor o desesperación en cambio en el segundo caso, la emoción estaría orientada más hacia la superación de un reto, interés, preocupación o incluso esperanza.

La emoción una vez ha explotado, no puede evitarse con el pensamiento, pero si, podemos prepararnos y entrenarnos para que esa emoción no tenga consecuencias negativas. ¿cómo?, actuando desde nuestra cognición. Está claro, que según la interpretación de los acontecimientos externos, se activará la emoción hacía una dirección u otra. Es decir, según se interprete lo que está sucediendo de forma positiva o negativa, la emoción será positiva o negativa.

Por tanto, el entrenamiento para regular nuestras emociones, será progresivo, es decir, hay que preparar el terreno antes de que surja cualquier oportunidad emocional.

¡Imposible!, ¿verdad?, esta expresión sería comenzar con mal pie. ¡Todo es posible! , al menos si comenzamos cualquier tarea con este pensamiento, el recorrido será mucho más placentero y la posibilidad de conseguir el éxito será mucho mayor, por supuesto sin olvidarnos del esfuerzo.

Como hemos comentado anteriormente, el pensamiento y la emoción van de la mano. Está claro que cuando un acontecimiento se presenta con la etiqueta de grave, la emoción que acompaña es de tristeza, miedo, ira o vergüenza. Pero, ¿quién pone esa etiqueta de grave?. Uno mismo. La gravedad de las situaciones es subjetiva. Lo que para unos puede ser terrible, para otros no lo es tanto, y lo que para otros parece insignificante, supone un desastre para unos. Ambos están en su derecho de etiquetar sus experiencias del color que les plazca. Eso si, cuanto más terrorífica es la etiqueta, más desagradable será la emoción, al igual que ante una etiqueta leve la experiencia emocional le será más agradable.

Hay diversas convicciones erróneas que nos hacen caer en el desánimo. A partir de estás autosugestiones es desde dónde hay que trabajar. Se trata de ir educando nuestra emoción a partir del pensamiento. ¿Qué cree que le beneficiaría más, pensar que todo en la vida es un desastre o que la vida se presenta como un regalo lleno de oportunidades? Este es el momento de su respuesta. Nosotros no interferiremos en su opción. Por supuesto que hay peros, aún así, con peros, piense detenidamente qué podría funcionar como motor para motivarle a alcanzar un objetivo en cualquier momento. Lanzada esta pregunta… De momento, el pensar que algo va a salir mal mientras estamos iniciándolo, nos aparta de experimentar emociones como ilusión, interés, bienestar o superación ante un reto. Esto le resta a aquello que hacemos, el halo de un trabajo bien hecho, y a nosotros el momento de disfrutar de una experiencia más, a la que no vamos a volver en esas mismas circunstancias.

Tan erróneo es el pensar que todo lo que hace uno está mal, como que todo lo que hacen los demás es un desastre. Esto no solo perjudica la tarea a realizar o el ambiente de trabajo, sino que afecta a las emociones de quién lo piensa. Estas palabras son la base de un malestar futuro.
Todos cometemos errores. Pero quién nos cae mal comete más errores que nadie. ¿no es casualidad?, ¿no parece curioso? ¿O quizás aquello que hace el que nos cae mal, siempre lo consideraremos un error?

No es casualidad, somos humanos y como humanos nos guiamos según nuestras relaciones y preferencias. A veces un mismo error, dependiendo de la persona que lo comenta, será considerado más o menos grave. Por tanto, ni todo el que comete un error es un inútil, ni nadie es un desastre categóricamente hablando. Podemos permitirnos cometer un error. Suena extraña esta frase, ¿verdad?, pues es uno de los problemas que desembocan, a partir de una emoción negativa, en problemas mayores como son la ansiedad, el estrés o la depresión. La no tolerancia a la frustración, junto a la necesidad de hacer todo perfecto, supone más que una barrera, una muralla impenetrable para el bienestar emocional.

Otra de las autosugestiones que nos alejan del bienestar es pensar que nuestro interlocutor va a hacer o decir lo que nosotros queremos ver u oír. En el momento que eso no ocurre, la persona en concreto nos parece digna de ser castigada, ya que no se ha ceñido al imaginario guión del cual ni siquiera sabía el protagonista de su existencia. Tan importante es comprender y respetar nuestras propias emociones, como aprender a respetar las de los demás. Por ende, las relaciones interpersonales son mucho más satisfactorias teniendo conocimiento del estado emocional de nuestro interlocutor. Como hemos comentado anteriormente, una lectura errónea de la expresión y por tanto de la emoción de nuestro interlocutor, dificultará la comunicación y el resultado de la misma.

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