"En la vida, las cartas están echadas. Pero cada uno puede hacer con ellas un juego diferente" (Goethe).

“En la vida, las cartas están echadas.

Pero cada uno puede hacer con ellas un juego diferente” (Goethe).

“Tú me dirás que es difícil sonreír cuando se es desgraciada.

En efecto, pero eso se aprende.

Y una se da cuenta rápidamente que es todavía más difícil

ser desgraciada cuando se sonríe. ¡Eso es!” (F. Garagnon).

¿No será toda nuestra vida un aprendizaje? ¿No será que todo lo que nos ocurre no es sino escuela y oportunidad de crecimiento? ¿No será que nos resistimos a verlo así porque nos cuesta cambiar y preferimos la pseudoseguridad controlada a la novedad arriesgada, la instalación a la búsqueda, “lo malo conocido a lo bueno por conocer”?

Por otro lado, a medida que pasan los años, hay algo que se nos hace más y más evidente: lo realmente decisivo no es lo que nos sucede, sino aquello que hacemos con lo que nos sucede. Porque un mismo hecho puede construirnos o destruirnos, según sea nuestro modo de afrontarlo y vivirlo.

Lo que ocurre es que lo que hacemos no siempre nos es consciente. No es raro que nos encontremos tan condicionados que el acontecimiento mismo nos arrastre por derroteros que terminarán siendo más nefastos que el hecho en sí. No es raro tampoco que nos sorprendamos a nosotros mismos en reacciones nada constructivas cuyo origen desconocemos. No es raro, por fin, que nos veamos interiormente divididos entre actitudes contrarias ante la misma situación.

Y, sin embargo, a pesar de frustraciones y de fracasos, a pesar también de satisfacciones y de comodidades, a pesar incluso de que podamos equivocarnos en la lectura de lo que interiormente nos ocurre, a pesar todavía de que lo hayamos intentado sofocar con mil compensaciones, nada calma nuestro anhelo de vivir, nuestro dinamismo interior hacia un “más y mejor”: la pasión por crecer.

Pues bien, si toda nuestra vida es aprendizaje; si lo realmente decisivo no es tanto lo que nos pasa, sino aquello que hacemos con lo que nos pasa; si no es extraño que nuestras reacciones sean las menos constructivas, porque estamos muy condicionados o muy alejados de nuestro mundo inconsciente; si, a pesar de todo, al menos en los mejores momentos, seguimos sintiendo un impulso interior a vivir con mayor plenitud…, necesitamos “bajar” de nuestro conformismo autosatisfecho, o “subir” de nuestro pesimismo autojustificado, o “salir” de nuestro vacío resignado, y aprender a vivir, en una tarea siempre inacabada y, por eso mismo, siempre fresca y novedosa, eternamente atrayente.

Aprender a vivir…, en la certeza de que la vida misma va a ser nuestra primera maestra. Maestra sabia que, callada y misteriosamente, nos va a ir poniendo delante las circunstancias, personas, acontecimientos…, que necesitemos en un momento determinado para seguir aprendiendo. ¿No es cierto que, al volver nuestra vista hacia atrás, percibimos una fina coherencia en todo lo que nos ha ocurrido, como si una sabiduría misteriosa hubiera hecho posible armonizar los diferentes retazos de nuestra historia? ¿Qué nos hace suponer que no será del mismo modo en el futuro? ¿No nos hemos rendido, también, a la evidencia de que determinados hechos de nuestra vida, que nos resultaron particularmente incomprensibles o dolorosos, se han terminado revelando como los “maestros” precisos que, en ese momento, estábamos necesitando para seguir aprendiendo a vivir? No, no se trata de justificar el pasado, ni de propiciar una resignación barata, ni de juguetear con un providencialismo infantil. No. Se trata, mucho más sencillamente, de aprender a mirar, aprender a leer lo que nos ocurre y, detrás de ello, empezar a atisbar la sabia y hermosa promesa que la vida encierra.

Aprender a vivir habla, en particular, de unificación y de armonía. La unificación es otro nombre del amor, como fuerza agregadora, aditiva, centrípeta. Vivir, como amar, es crecer y avanzar hacia una unidad creciente. El amor, por tanto, está al principio y al final, es origen y meta de la vida. Así pues, para que el proceso sea posible, tendrá que estar también en el medio, en el proceso mismo. No tiene nada de extraño que a Dios se le llame Amor, y que el amor cifre el núcleo más íntimo de toda la ética. Aprender a vivir es, ciertamente, aprender a amar.

Aprender a vivir -tarea compleja, delicada y apasionante- requiere el cuidado de cada una de las relaciones que somos, si bien todas ellas terminarán convergiendo y unificándose: la relación consigo mismo, con los otros y la naturaleza, con Dios. Requiere, simultáneamente, aprender a asumir constructivamente aquello que más nos puede desestabilizar o confundir: el dolor. Con ello, quedan nombradas las cuatro actitudes básicas, cuatro aprendizajes, que abordo en el texto, como vías que posibilitan una vida más plena: vivir en presente, vivir en profundidad, vivir en fraternidad-solidaridad y vivir constructivamente el dolor.

Insisto en que se trata de aprendizajes, porque estoy convencido de que es algo en lo que todos, poniendo determinados medios, podemos crecer y avanzar. Sin voluntarismos, perfeccionismos ni comparaciones. Muy al contrario, con motivación, lucidez, cariño, esfuerzo y medios ajustados.

Porque aprendizaje remite a ejercicio, a práctica. Cada día somos más conscientes de que necesitamos ejercitarnos para aprender casi cualquier cosa. Nos preparamos, casi rutinariamente, para un deporte, para una profesión, para una habilidad. ¿Cómo no prepararnos, ejercitarnos y adiestrarnos en la práctica del aprendizaje más importante: vivir?

Por ello, quiero llamar la atención sobre un medio de probada eficacia unificadora y transformadora: la meditación. Lo presento como camino que facilita y da consistencia a aquellos aprendizajes. La meditación posee la virtualidad de conducirnos a experimentar nuestra verdad, más allá de las apariencias; por eso, nos hace capaces de salir de la “ignorancia” en que solemos estar sumidos y despertar a lo Real. Y aquí no es necesario “creer” nada; quien lo experimenta, descubre que la meditación es camino de vida, de sabiduría y de autotrascendencia. Es el tiempo en el que nos encontramos con nosotros mismos en profundidad; el espacio en el que integramos y asimilamos las oportunidades que nos ofrece la escuela de la vida; la ventana que nos permite vislumbrar lo Infinito y nuestra unidad con él. En una palabra, la meditación, como veremos, es más que una técnica, más que un método, más incluso que un camino; es mucho más que el tiempo dedicado a ella. La meditación es una forma de vivir, una forma de ser.

He querido incluir un Epílogo que busca únicamente dirigir la mirada hacia los niños, llamar la atención sobre la tarea educativa. No se puede mirar a un niño sin desear ayudarle a vivir. Por otro lado, quien aprende a vivir puede ayudar a vivir, porque el mejor maestro es aquel que fue buen aprendiz. Teniendo, pues, como trasfondo la hermosa tarea de ayudar a vivir, de facilitar la vida, ofrezco unos breves apuntes sobre lo que considero actitudes favorecedoras de la vida, valores y espiritualidad. Aspectos que no podemos soslayar si queremos hablar de vida en profundidad.

Y termino el libro con un Anexo sobre Niveles de conciencia y percepción de la realidad. La idea me fue sugerida por alguna persona amiga que leyó el manuscrito y me hizo caer en la cuenta de la oportunidad e incluso necesidad de tal Anexo. En primer lugar, porque a lo largo del texto, es inevitable hacer referencia, tangencialmente, a toda esa cuestión. Pero, precisamente por ser tangencial, exigía una aclaración más amplia y detallada. Y, por otro lado, porque soy consciente de que se trata de una temática que resulta un tanto novedosa e incluso “extraña” para muchas personas. Pues bien, en ese Anexo, aunque sea brevemente, espero haber ofrecido al lector unas claves que puedan iluminar la lectura de la obra en su conjunto. Y le sugiero que acuda a él en aquellos tramos del texto en que, por el motivo indicado, le resulte más ardua la comprensión del mismo. Perdonadme que insista en ello, pero lo hago desde una triple certeza: 1) tanto a nivel de la ontogénesis como de la filogénesis, la conciencia evoluciona; no es ni ha sido una realidad estática; 2) hay indicios de que nos hallamos en un momento muy “peculiar” -¿crítico?- dentro de esa evolución; 3) necesitamos comprenderlo para favorecer su emergencia y desarrollo, con todas las consecuencias que implica (y que se detallarán en el propio Anexo).

Deseo de corazón que estas páginas ayuden a aprender a vivir. En realidad, éste es nuestro único aprendizaje. Por eso, quiero terminar con un recuerdo agradecido hacia todas las personas con quienes hemos trabajado, originalmente, estos materiales. Aquel trabajo, que nos ayudó a vivir, ha hecho posible este texto. Gracias.

1. VIVIR EN PRESENTE
“Si como eternidad no se entiende una duración temporal infinita sino atemporalidad, entonces puede decirse que vive eternamente quien vive en el presente… Sólo quien no vive en el tiempo, haciéndolo en el presente, es feliz. Para la vida en el presente no hay muerte” (L. Wittgenstein).

“Si pudiéramos atender con plenitud a la vida, nada nos sería rutinario y tedioso” (M. García-Baró).

“El momento presente contiene la clave de la liberación, pero no puedes encontrar el momento presente mientras seas tu mente” (E. Tolle).

Quien no vive en presente, malvive en la ignorancia y, por tanto, en el sufrimiento.

Alejados del presente

¿Cuánto tiempo permanezco presente a mí mismo a lo largo del día? Y, ¿dónde estoy cuando no estoy conmigo? La experiencia nos lleva a constatar algo que habremos de considerar como nuestro punto de partida: vivimos lejos del presente y, por ello, no nos habitamos a nosotros mismos, sino que nos encontramos divididos entre el pasado y su proyección al futuro. Vivimos entre la nostalgia de lo que ha sido y la ansiedad por lo que no es o por aquello otro que creemos que será, mientras dejamos escapar lo único que tenemos a nuestro alcance, el paso decisivo que posibilita cualquier construcción real: el presente. Tomar conciencia de ello será la clave para reconducir la lejanía de nosotros mismos desde la que rutinariamente vivimos.

Lejanía que, en nuestro momento cultural, se ha acentuado. ¡Disponemos de tantas coartadas para vivir alejados de nosotros mismos! Siempre “caminamos” acelerados. La prisa aparece como una escapatoria fácil, por lo que la mantenemos e incluso la potenciamos; pero en realidad es suicida, porque nos impide vivir. Como dice José A. Marina, confundimos la excitación con la intensidad; pasamos sobre el presente con desdén, distraídos; nos falta concentración porque estamos apresurados o inquietos.

En medio de nuestra agitación, se nos hace difícil entender la típica indiferencia oriental hacia la prisa…, si es que no termina sucumbiendo ante los embates de la globalización. Cuenta una leyenda que el Himalaya está hecho de granito macizo y que, cada mil años, un pájaro lo sobrevuela, rozando las cimas con un pañuelo de seda que cuelga de su pico. Pues bien, cuando el Himalaya haya sido desgastado, habrá transcurrido un día de un ciclo cósmico. ¿A dónde se supone que vamos con tanta prisa, si adelante también llueve?

De entrada, aunque en nuestro medio esté potenciada por una competitividad ciega y absurda, la prisa encierra algún tipo de huida. Huida que expresa alguna resistencia a permanecer en el presente, que será bueno nombrar si queremos poner remedio. Ken Wilber lo expresa de este modo: “Hay un hecho exasperante, pero inconfundible: nadie quiere la consciencia de unidad [ …] Estamos siempre resistiéndonos a la presencia de Dios, que no es otra cosa que el presente total, en todas sus formas… La comprensión de esta resistencia secreta es la clave fundamental para la iluminación”.

Importa mucho comprender las raíces de esa resistencia y afrontarlas. De otro modo, haremos de nuestra vida una huida constante, estaremos lejos de nosotros mismos por la incapacidad de permanecer en el presente y, en lugar de vivir, sobreviviremos pobremente.

¿Por qué no estamos en el presente? En primer lugar, por el hábito: hemos sido educados y hemos aprendido a vivir “distraídos”, metidos en la vorágine de la actividad y del pensamiento, hasta el punto de que hemos hecho de esa forma de vivir una segunda naturaleza. El hábito se ha convertido en una rutina que, si bien consigue “economizar” energías, nos aleja de la atención y, por tanto, del presente. En cierto modo, puede decirse que nos encontramos programados para vivir (funcionar) despistados; modificarlo requeriría lucidez, para percibir la trampa, y un profundo ejercicio de reeducación, para sustituir aquel hábito por otro saludable, que nos permitiera vivirnos más y más en presente.

Lo que ocurre es que dicho hábito suele hundir sus raíces en otro motivo más oculto: el sufrimiento no elaborado. A partir de sus primeras experiencias dolorosas, sobre todo si tiene que vivirlas en soledad, el niño, en un movimiento instintivo, empieza a huir de sí mismo, como un modo de alejarse de su dolor. Esa huida le conduce a la cabeza y al exterior; en cualquier caso, lejos de su mundo interior y, simultáneamente, lejos del presente. Por eso encierra tanta sabiduría el principio psicoanalítico: “hacia el Este (la infancia) y hacia lo hondo”. En todo caso, a aquella huida hay que añadir el hecho de que el sufrimiento, que nace de un vacío afectivo, se traduce en ansiedad y se manifiesta en la prisa, con lo cual la huida se acelera, alimentándose a sí misma. Para cortarla, será necesario enfrentar los miedos que, como consecuencia de aquellas experiencias dolorosas, han quedado grabados y que hoy son los responsables de que nos mantengamos alejados de nosotros mismos.

Sin embargo, la causa última que explica nuestra dificultad para vivir el presente es justamente algo que nos caracteriza como seres humanos: es nuestra capacidad de pensar o, más exactamente, el pensamiento.

Parece ser que el sueño fue la forma más primitiva de pensamiento. Probablemente, la evolución de la corteza cerebral hizo que el sueño se prolongase durante la vigilia y, con el desarrollo del lenguaje, se convirtiera en pensamiento. Y, con el pensamiento, se desarrolló la lógica y la deducción, capaz de resolver problemas del entorno. Fue un paso gigantesco en la evolución. El pensamiento, que hizo posible un despliegue inimaginable, mostró y sigue mostrando su eficacia cuando funciona ajustadamente. Pero, con el pensamiento, llegó también la cavilación, generando un sufrimiento añadido, y la coartada para no vivir en el presente.

La mente del mono

Decir pensamiento es decir pasado; son equivalentes. La razón es que nuestra mente únicamente puede operar en el pasado (o proyectándolo hacia el futuro). Como señala Tolle, incluso cuando el ego cree estar en el presente, no ve el presente. El motivo es claro: el ego (la mente) sólo puede ver el presente con los ojos del pasado, porque no puede sino sobreimponer en el presente sus propios recuerdos. Por eso es exacto decir que el pensamiento es memoria y pasado, mientras que el presente es atención y observación. De hecho, pensamiento y observación se excluyen mutuamente: si piensas, no puedes observar; cuando observas, no puedes pensar. En conclusión, el mayor obstáculo para vivir en presente es el pensamiento.

Esto significa que, si queremos vivir en el presente, necesitamos aprender a cortar el pensamiento, sobre todo en sus formas extremas de cavilación y obsesión, y ejercitarnos en la práctica del no-pensamiento, para abrirnos así a la dimensión atemporal del Presente.

Dejado a su aire, el pensamiento es como un gusano que jamás deja su agujero hasta que no ve otro en el que introducirse. O como el mono inquieto que no deja de saltar de rama en rama, sin tregua y sin objeto. Por eso, podemos estar seguros de que casi todos nuestros males provienen de las vueltas que damos a la cabeza. O, por decirlo de un modo más ajustado, de una mente no observada. No es extraño, si tenemos cuenta el resultado de un estudio llevado a cabo por una universidad norteamericana: una persona tiene cada día unos 60.000 pensamientos… y el 95 % de ellos son los mismos que tuvo en el día anterior.

Es obvio que la mente es un instrumento precioso cuando se usa correctamente. Pero no lo es menos que, cuando va a su aire, es fuente de sufrimiento. La mente no observada termina poseyéndome, hasta el punto de que ya no soy yo el que piensa, sino que el pensamiento mismo se ha vuelto independiente de mí. Y eso ocurre porque, al no tomar distancia de la mente, acabo inevitablemente identificado con ella: Soy lo que pienso. Tal identificación -que llegaría a adquirir status filosófico en el principio de Descartes: “pienso, luego existo”- es la que hace que el pensamiento se vuelva compulsivo…, hasta el punto de convertirse en una adicción. Por eso, ha podido escribir D. Loy, con toda razón, que “la preocupación constante es la naturaleza de una mente no despierta”.

Y ése es precisamente el ego: la mente no observada que dirige mi vida, según pautas aprendidas y reiteradas una y mil veces, como una noria que repite ininterrumpidamente su mismo giro, aumentando la mentira y la insatisfacción.

Sólo hay un medio de detener esa noria, un solo camino para salir de esa trampa compulsiva que nos posee: la observación. En cuanto empezamos a observar nuestros pensamientos, éstos empiezan a ralentizarse, hasta terminar diluyéndose. Apenas observamos nuestra mente, comienza la des-identificación: caemos en la cuenta de que somos más que nuestra mente, podemos observarla a distancia. En cuanto observo mi mente, dejo de identificarme con ella, porque el que observa es distinto de lo observado. Y una mente de la que nos hemos des-identificado deja de adueñarse de nuestra vida. La mente observada se vuelve dócil y ajustada, porque es absolutamente cierta la ley psicológica enunciada por la psicosíntesis de Roberto Assagioli: “Estamos dominados por aquello con lo que nos identificamos, pero dominamos aquello con lo que no nos identificamos”.

Vivimos en presente cuando estamos, no en el pensamiento, sino en la observación. Al observar nuestros pensamientos, deseos, sentimientos y reacciones, nos vamos adiestrando en una mente observada o, lo que es lo mismo, tomamos distancia de nuestro yo, con lo cual ganamos en libertad e iniciamos un proceso de ampliación de conciencia. No seguimos identificándonos con el yo-mental -que había sido nuestra identidad más habitual-, sino que empieza a abrirse paso una nueva identidad, que trasciende e incluye al yo, el Testigo que observa. En efecto, en cuanto caigo en la cuenta de que el “yo” es observado, se desvanece mi identificación con él, para empezar a identificarme con quien observa. Este Testigo, no el pensamiento, es quien puede vivirse en presente.

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