¡TODO ME SALE MAL!

¡TODO ME SALE MAL!
[Revista Nro.73 Por Andrea López E.Bibliografía: Aguiló, Alfonso, “Educar los Sentimientos” y Dan Kindlon y Michael Thompson, “Educando a Caín”.
Como el Coyote, hay niños que sienten que nada les resulta. Alegan que no sirven para nada y el futuro se les presenta como una nube negra. Son pequeños pesimistas que frecuentemente se sienten vencidos antes de empezar. No reconocen sus habilidades y talentos y se sienten destinados a la mediocridad.

Un grito desaforado alarmó a Claudia. Era Vicente, su hijo, que en unos segundos se presentó ante sus ojos y con angustia le mostró una mancha de barro que había caído sobre sus pantalones.

-¡Límpialo, límpialo!- decía con desesperación.

Este hecho y la desproporción de la reacción llamó la atención de Claudia. Más aún, pensando en algunos comportamientos comunes de Vicente comenzó a darse cuenta que era un niño extremadamente maniático del orden y la limpieza.

-Todos los días antes de dormir, Vicente revisa que los soldados estén en la repisa y en perfecto orden. Constantemente está lavándose las manos para evitar que lleguen a él los gérmenes que conoció en un comercial de la televisión. Y ahora que entró al colegio ocupa más tiempo en borrar que en hacer la tarea, cuenta Claudia.

A simple vista, más que una preocupación esto podría ser para los padres de Vicente algo ideal. Niños como él son considerados casi perfectos, ordenados, limpios… Cualquier madre con un niño “terremoto” en casa, diría, «te envidio». Sin embargo, las actitudes descritas van más allá de lo que es ser «prudentemente ordenado». Tanto, que es probable que correspondan a niños que, si bien aún no presentan un trastorno obsesivo compulsivo, están, a pasos de desarrollarlo.

El límite de lo normal

La educación de la virtud del orden es importantísima. Esto, porque una persona ordenada no lo es sólo en cuanto a objetos materiales, sino que el orden incluye también a la inteligencia (orden en las ideas) y a la voluntad (orden en los afectos). Los padres debemos por eso saber que no basta con enseñar a nuestros hijos el orden de los juguetes sino que, a través de ello, educar el orden en la cabeza. Sólo así serán capaces de interiorizar una verdadera escala de valores y dar jerarquía a distintos aspectos de la vida.

Sin embargo, hay excesos y como en el caso de Vicente, el orden puede transformarse en una manía extrema, siempre rígida e intransigente, que lo lleva a no soportar que las cosas se muevan un milímetro del lugar asignado.

Para detectar cuándo la virtud del orden se desvirtúa hay ciertos criterios básicos que considerar:

– El fin lógico del orden: se refiere al propósito determinado del orden. Este debe ser un medio para lograr algo y no un fin en sí mismo. Por ejemplo, Vicente quiere ver sus soldados en la repisa perfectamente alineados sólo porque de lo contrario no puede cerrar los ojos y dormirse tranquilo. Es el orden por el orden, una manía. Distinto sería si Vicente quisiera ordenarlos para luego sacar otro juguete y evitar que se le confundan con las piezas del lego.

– Un tiempo prudente destinado al orden: este es otro importante criterio que delata cuando el orden ha caído en un exceso. Si un niño ocupa más tiempo en ordenar que en jugar, esto es clara señal de que ha confundido el fin del orden. Siguiendo con Vicente y sus soldados: ordenarlos en la repisa debiera implicar sólo unos minutos, pero como él necesita verlos en línea perfecta, mirando todos para un mismo lado y en una misma posición, obviamente que le demanda mucho tiempo. Lo mismo sucede con las tareas. Si en hacer una página de ejercicios ocupa toda la tarde, y no porque tenga dificultades sino que porque es extremadamente perfeccionista, este mismo hecho está demostrando que ha caído en una manía extrema.

– Rigidez en la conducta: Importante señal también es el hecho de que el niño sea extremadamente ritualista en sus acciones, inflexible y predecible en sus comportamientos. Si por unos días a Vicente le dio por ordenar y cuadrar a sus soldados, pero pasada una semana el interés por otro juguete lo sacó de esa rutina, no hay problema. Por el contrario, cuando es un comportamiento diario, algo que no perdona ni un sólo día, entonces ha caído en el extremo excesivo del orden, con una consecuencia negativa importante: niños con este comportamiento pierden la libertad de sus acciones. Un niño como Vicente, por ejemplo, puede llegar a no salir de su casa para impedir que le desordenen los soldados.

– La edad del niño: Independiente de estas señales es importante considerar que hay una edad, aproximadamente entre los seis y siete años, en que los niños entran en la reglamentación de los juegos, y todo para ellos comienza a regirse por normas. Aquí es muy corriente ver ciertos tipos de rituales y comportamientos, como no pisar la línea de la vereda. Pero estos son hechos aislados claramente diferenciables del niño que vive con manías constantes.

¡A desordenar!

Ante los comportamientos mencionados los padres y el ambiente deben contribuir a flexibilizar al niño y sus conductas.

Es importante no enganchar en sus manías y no contarlas como «gracias» a los amigos y parientes. Menos aún propiciarlas. Especialmente alerta hay que estar con los hijos mayores y con los hijos únicos, pues los papás, sin intención deliberada, pueden llenarlos de mañas: «la niña sólo usa toallas rosadas», «el niño tiene la colección completa de pokémon, no le falta ni uno sólo», «la niña no come ninguna fruta con pepa», «el niño se acostumbró al jabón de glicerina»…

Así como a un niño desordenado hay que enseñarle a ordenar, a niños como Vicente hay que invitarlos a desordenar. La idea es flexibilizarlos y en definitiva darle a sus actos una mayor libertad. Una buena manera de practicar esto es a través del juego. Por ejemplo, jugar a pintar con los dedos, a hacer pelotitas de barro, a hacer un club debajo de los cojines del sofá, transformar a los soldados en astronautas que vuelan por el aire… Son buenas ideas para romper los esquemas de “un viejo chico”.

Inicialmente estos niños se angustiarán, pero esto mismo es una oportunidad para ver que ¡no pasa nada! Al rato de tener las manos sucias o los soldados desordenados, todo puede volver a la normalidad. De una forma divertida y entretenida se dará cuenta que decirle adiós a las manías no trae consecuencias.

En esta táctica es importante que la mamá mantenga su actitud; no gana nada si después de cinco minutos de estar jugando y tirando los cojines ella misma se desespera y llama al orden. Para tener éxito en la flexibilización de un niño maniático no sirven experiencias cortas y aisladas, sino que debe ser el ambiente entero que de a poco lo lleve a relajarse.

Actuar y flexibilizar el ambiente a tiempo es importante porque de lo contrario a la larga se forman niños tensos, que actúan por obligación, que pierden la libertad y que en definitiva no lo pasan bien. Si por el contrario, los padres no lo sueltan y todo lo que rodea a este tipo de niño es hipercontrolador y demandante de perfección, es posible que desarrollen un trastorno obsesivo compulsivo.

El obsesivo compulsivo

¿Recuerda la película «Mejor imposible», protagonizada por Jack Nicholson? El protagonista era un adulto obsesivo y su cuadro está presentado con grandes cuotas de humor: se alimentaba siempre en el mismo restorán, atendido por la misma mesera, sentado en la misma mesa y con sus propios cubiertos que él llevaba siempre envueltos y casi esterilizados. Jamás pisaba las líneas del cemento en las veredas, cerraba las puertas con mil pestillos y se lavaba las manos en forma compulsiva. Verlo hacer su maleta era todo un espectáculo, al igual que contemplar el orden que había dado a su colección de CD… Todo este inventario de manías podría ser muy divertido de no ser por su carácter iracundo, intolerante a cualquier imprevisto e incapaz de resistir la más mínima frustración. Por ello mismo vivía en la profunda y absoluta soledad.

Vale la pena volver a ver esta película, sobre todo si los padres tienen dudas sobre si las «manías por el orden» de sus hijos son una virtud o un defecto. Luego de ver este filme se entiende mejor que:

– La señal que marca la diferencia entre el niño que es «extremadamente ordenado» y el que «ya se ha transformado en un obsesivo compulsivo» es la angustia que siente en forma periódica y permanente. Es decir, este niño tiene todas las características de un ordenado en exceso, pero además agrega la desesperación e irritabilidad constante si no puede realizar las cosas como a él le gustan. Por ejemplo, si Vicente efectivamente no puede conciliar el sueño porque cree que los soldados aún no están suficientemente alineados, su madre debiera conversar sobre este tema con su pediatra y valorar la posibilidad de pedir ayuda especializada.

Cuando el niño sufre, se angustia por el orden y la mamá no es capaz de tranquilizarlo, entonces ya se habla de un trastorno obsesivo compulsivo. Estos son niños que no pueden pasar por encima de sus manías y de hecho sólo el acto de llevarlas a cabo es lo que calma sus angustias.

La obsesión se manifiesta como una idea fija, una preocupación mental constante que, por lo general, los hace ser además terriblemente culposos y escrupulosos.

La compulsión se refiere al acto mismo de por ejemplo, ordenar, guardar, limpiar… Con estas características el niño obsesivo compulsivo es por definición un niño poco libre que siente la obligación constante de hacerlo todo a la perfección.

Hablan quienes en su niñez vivieron al estilo del “viejo chico”:

“No podía resistir que la luz entrara a mi pieza al momento de dormirme, y como al cerrar la puerta igual ésta entra por el suelo ponía una toalla para lograr la oscuridad total. También era una rutina infaltable cerrar las puerta de los clóset y volver todo a su lugar. Y lo más increíble de todo es que no podía dormir con otra almohada que no fuera la mía, tanto que, después de años de tenerla y grandes aventuras con ella -incluido viaje a europa- sólo fui capaz de dejarla hace muy poco y nada más que porque encontré una muy similar. El tiempo y sobre todo el matrimonio han ayudado a que me relaje y tolere cosas que antes no podía pasar por alto”.

Roberto, 34 años.

“Hubo en tiempo en que me lavaba las manos aproximadamente cada media hora. Si no lo hacía sentía que estaban llegando a mi cuerpo todos los gérmenes y bacterias que circulan por el aire. También aunque estuviera enferma con fiebre no perdonaba el baño. Hoy he superado en algo esta obsesión por la limpieza pero no supero el hecho de estar constantemente preocupada de cuántas infecciones podré agarrarme”.

María Jesús, 15 años.

“De chico me daban las 9 de la noche haciendo caligrafía. Sacaba veinte veces cada hoja, porque tampoco soportaba borrar. Yo torturaba a mi madre con el tipo de lápiz que me gustaba, y recuerdo haber pedido de regalo de cumpleaños un montón de ese tipo de lápices. Ella me tenía una paciencia de santa pero me acuerdo que un día le dio una especie de ataque y me arrugó el cuaderno y me partió por la mitad los lápices. Mi shock fue total: no quise hacer caligrafía como en un mes… Además de esa manía me gustaba guardar los zapatos en sus cajas y toda la ropa en bolsas. Cuando me casé mi señora conocía algunas mañas mías, como tener los calcetines separados por colores…, pero cuando quise ordenar las copas, los vasos y otras cosas de la cocina ella tuvo otro ataque como el de mi mamá antes y la verdad es que desde entonces lucho por controlar mis manías….”.

Juan José, 38 años.

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