Manías, costumbres, obsesiones


fuente:nocheenlaciudad

En columna de opinión de El País de hace unos años, el periodista de turno hablaba sobre las fobias. Una frase que se me quedó grabada es “si tienes que pensar si la tienes, es que no es una fobia”. De las manías se puede decir lo mismo. Todos convivimos con pequeñas obsesiones y somos muy conscientes de cuáles son las más importantes… o las que nos dan más dolores de cabeza.

El ejemplo de Jack Nicholson en “Mejor Imposible” quizá sea algo extremo. Nunca me he cruzado por la calle con alguien que quiera evitar tocar a la gente o poner el pie en las rayas del pavimento. Pero “engancharse” a ciertos gestos, comportarse de una forma repetitiva sin razón aparente o la clásica compulsión de lavarse las manos me resultan muy familiares.

Como enfermedad tiene un nombre, TOC, trastorno obsesivo compulsivo. Creo que el caso que más me llamó latención fue uno que leí en un librito sobre el tema hace años: “El chico que no podía dejar de lavarse las manos”. En él se describía a un paciente que llevaba toda su vida quedándose “atascado” en las puertas. De alguna forma, su mente le impedía cruzar los umbrales, pero también retroceder, con lo que se quedaba allí atrapado mirando el marco, dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás, hasta que alguien de su familia le rescataba, supongo. Otro, no menos impresionante, era el de un hombre que se había pasado toda la vida tarareando la misma canción. Si sufrirlo unos minutos o unas horas puede resultar desesperante, no quiero imaginar como será tener una melodía en la cabeza durante décadas.

Pero no nos vayamos tan lejos, no hace falta que sea un caso clínico. Como decía al principio, es algo que en cierta medida todos sufrimos. Y me intriga porque he sido un maniático (que no maníaco) toda mi vida y sigo sin saber muy bien por qué. Puedo encontrarle explicación a que una cama deshecha me dé impresión de desorden y tenga que hacerla si voy a trabajar en mi habitación. O al hecho de que mientras cocino me limpie las manos a menudo, porque me desagrada el aceite. Puedo ser muy obsesivo con ello, pero digamos que hay una “lógica” detrás. Son los casos en los que no encuentro esa lógica los que me preocupan.

Porque ¿cuántas veces se puede comprobar que llevas las llaves, la cartera y el móvil encima? Al menos antes de que se considere compulsivo. ¿Cincuenta, cien al día? Espero no llegar a tanto, aunque ya lo hago más de lo que me gustaría. En el instituto hacía listas de cosas por hacer y las repasaba mentalmente, una y otra vez. “Pasar apuntes a limpio, comprar rotulador, llamar a Jose…”, así hasta el infinito. No tenía nada que ver con llevar una agenda, porque no pasaban ni quince minutos entre un recuento y otro. Asusta verse como el personaje de Dustin Hoffman en “Rain Man”(es una exageración, claro).También debo decir que me libré de esa obsesión con pequeños trucos y me alegro de haberlo logrado. A partir de ahí ha habido otras cosas más fáciles de llevar y que me dan por temporadas, como por ejemplo cruzar los pasos de peatones de una forma determinada (sin pisar las rayas blancas, si, yo también). Visto todo lo anterior, contar que te muerdes las uñas parece una tontería.

Dicen que hasta que no te impide llevar a cabo tus tareas cotidianas no es enfermedad. Por ahora me salvo. Y me ha aliviado descubrir que mis amigos también sufren sus particulares manías. Uno de ellos llegaba tarde a los sitios porque cuando caminaba por la ciudad, si pasaba junto a un semáforo y éste se ponía en verde sentía el impulso de cruzar la calle. Con mala suerte y una combinación de semáforos concreta, podía acabar muy lejos de su destino original. Él lo explicaba diciendo que le parecía lo correcto, como si realmente tomase un camino mejor. Otro tenía que mirar a la gente de una forma determinada. Me he encontrado con personas que te dan la mano de una manera y no de otra, sin posibilidad de cambiar. Hay quien se viste siempre empezando por el mismo pie, o quien se cepilla el pelo cien veces todas las noches, ni una más ni una menos, a riesgo de no poder conciliar el sueño y se equivoca. O los que tienen que caminar a tu derecha y si van a la izquierda comienzan a ponerse nerviosos.

Cuando llega el momento de buscarle una explicación, me gusta pensar que estos pequeños rituales no indican que estemos desequilibrados o suframos un trastorno, sino que en cierta forma nuestro cerebro está acostumbrado a buscar un equilibrio. Nos sentimos cómodos en la rutina, nos da tranquilidad, asi que si no existe, la inventamos. Para liberar nerviosismo, como válvula de escape al estres, para estar ocupados en algo ajeno a lo cotidiano. Se suele decir que el ser humano es muy bueno reconociendo estructuras y patrones, la razón de que dispongamos de habla y escritura. Las manías son una forma de crear a nuestro alrededor un esquema que seguir, artificial pero simétrico, continuado, que a su manera trata de darnos la tranquilidad de algo reconocible.

Es cierto que a la larga el efecto es el opuesto y nos tiraniza de una forma que nos hace sentir incómodos, pero hay un placer extraño también en las obsesiones. Recuerdo la satisfacción de algo “bien hecho” o del deber cumplido cuando de adolescente terminaba de repasar mis listas memorizadas. ¿Compensaba la angustia de verme a mí mismo enganchado como un robot en esa tarea interminable? Probablemente no y por eso hice lo posible por escapar. En fin, el cerebro es una máquina muy compleja, con multitud de zonas oscuras a las que quizá nunca hallemos explicación. Ahora, si me disculpais, tengo que ir a contar cerillas y ordenar mis discos biográficamente.

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